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El pan de San Antonio

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05.04.2026

Hay historias familiares que no comienzan en la memoria, sino en la fe. La de Roberto Zarruk, mi padre, es una de esas. Todo empezó en San Salvador, cuando siendo apenas un niño estuvo al borde de la muerte por una difteria traicionera. La enfermedad avanzaba sin freno y los médicos no encontraban explicación hasta que, casi a destiempo, la verdad salió a flote: la nodriza que lo alimentaba se había contagiado. El mal ya estaba sembrado en su cuerpo y el tiempo jugaba en contra.

Cuentan las tías que mi abuela Juanita, deshecha en llanto sobre el pecho de mi abuelo Felipe, hizo entonces lo único que le quedaba: ¡encomendarse! Le prometió a San Antonio de Padua que si salvaba a su hijo, lo vestiría durante un año completo como el santo portugués. Y así fue. Contra todo pronóstico, mi padre sobrevivió. Y como en las familias árabes la palabra se honra, mi papá fue al colegio vestido como San Antonio durante diez meses. Pero las promesas no terminan cuando se cumplen; a........

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