Leyes frente a algoritmos
Imagen de archivo. / Crédito: Unsplash/CC0 Public Domain.
Hay una geografía nueva que no aparece en los mapas, sin fronteras trazadas, ni nombre oficial, pero millones de mujeres la reconocemos cada día. La violencia contra nosotras ha encontrado una nueva infraestructura. No es solo la del puño o el insulto en la calle, que persisten con estadísticas. Es la del algoritmo diseñado para amplificar el odio, porque el odio genera clics y los clics generan dinero. Y detrás de esos clics, de un scroll consumido como fast food, hay tecno-oligarcas, hay hombres que firman balances de 15 cifras, mientras 8 de cada 10 mujeres jóvenes aprenden que ocupar espacio digital tiene un precio.
En algún momento, hace siglos, alguien tomó una decisión de negocio: el odio es rentable. No como efecto secundario ni como daño colateral, como modelo. El odio siempre ha tenido patrocinadores, pero lo que cambia ahora es la velocidad. Los algoritmos no están diseñados para la paciencia. Están diseñados para el clic. Y el clic más fácil, el más rentable, siempre ha sido el de la rabia. Toni Morrison lo describió con precisión quirúrgica. El odio es monótono, necesita ruido, fuegos artificiales, una voz autoritaria y sangre. El amor, en cambio, es más complicado, tiene más matices, es más rico. Esa asimetría es exactamente lo que explota el ecosistema digital. El odio viaja rápido, prende al instante, no necesita contexto, ni argumento. Y esa es una razón más por la que este 8 de marzo volveremos a salir a la calle.
El 70 % de las denuncias en el Canal Prioritario de la Agencia Española de Protección de Datos corresponde a violencia digital contra mujeres. El 58 % de las europarlamentarias ha sufrido ataques en línea. Entre periodistas, el porcentaje sube al 73 %. El patrón es inequívoco. La violencia digital no persigue a las mujeres a pesar de su visibilidad. Las persigue precisamente por ella. El objetivo es el silencio.
El Gobierno de España, con Pedro Sánchez a la cabeza, no duda. La Ley de protección de menores en entornos digitales responde con legislación ante el negacionismo cómplice. Pero no es la única respuesta. España es hoy el cuarto país de la Unión Europea en igualdad de género, cuando hace apenas una década ocupaba el undécimo puesto. La brecha salarial ha bajado al 15,7%, el SMI ha beneficiado en casi dos tercios a mujeres y tiene la rúbrica de un gobierno que apostó por subir el salario mínimo cuando otros predecían el apocalipsis, el Pacto de Estado contra la Violencia de Género cuenta con 1.500 millones para los próximos cinco años. Regular las plataformas y sus algoritmos es política feminista, exactamente igual que lo fueron los permisos de paternidad, la ley de paridad o la regulación de las empleadas del hogar. Y quien se oponga a esa regulación debe explicar claramente a qué intereses responde, y si prefiere no incomodar a los sheriffs del Salvaje Oeste digital.
Pero el ecosistema no solo expulsa. También seduce. Mientras los algoritmos amplifican el acoso, las mismas plataformas rentabilizan la nostalgia. Las cocinas blancas de Instagram, el pan recién horneado, filtros y una sonrisa. Lo llaman tradwife. Es la otra palanca del mismo mecanismo. Si no te callan con amenazas, te ofrecen la comodidad de no tener que hablar. Un Gran Hermano susurrándote que no pienses. La ultraderecha ha entendido que necesita a las mujeres y ha construido un feminismo de cartón que promete protección a cambio de renuncia. Una trampa con estética actualizada.
El feminismo que vale es el que llega al BOE, el que transforma la sociedad. Cada una de esas normas fue posible porque había un gobierno dispuesto a aprobarlas. El feminismo del siglo XXI se juega en los parlamentos, en las regulaciones, en los presupuestos. Y en ese terreno, la diferencia entre las leyes valientes y quien pacta con quien niega una violencia con cifras de terrorismo, es la diferencia entre avanzar y retroceder.
Hoy salimos. No porque nos lo hayan puesto fácil, sino exactamente por lo contrario. Cada calle, cada plaza, cada avenida teñida de morado es una declaración que ningún algoritmo puede desindexar. Y mañana, cuando las pantallas vuelvan a encenderse, seguiremos aquí: con leyes y con la obstinación de quien sabe que esto se gana.
