'Stranger Things' y la melancolía
Fotograma de 'Stranger Things'. / Levante-EMV
Mi hija de diez años me pide ver Stranger Things, la serie que están viendo todos los niños y niñas de su escuela.
Yo ya la he visto. Excepto la última temporada, seguí cada una de ellas desde su estreno. Desde el principio percibí que algo oscuro bullía en sus entrañas. Nunca me dejé engañar por su estética ochentera, la misma que colonizó mi infancia; no, esta no era una serie melancólica. O tal vez lo fuera, pero sólo en un sentido más profundo y ambiguo, sobre el que quiero reflexionar. En todo caso, en cuanto terminé la primera temporada comprendí que ese mundo viscoso y monstruoso, que habitaba dentro y fuera de los protagonistas, es una metáfora de la realidad digital: de los móviles, de las pantallas, de ese universo paralelo que paradójicamente nos aleja unos de otros mientras penetra y trastoca nuestros equilibrios más recónditos.
Con el paso de las temporadas se asentó el poso de una experiencia problemática. Lo único que ha permanecido en mi memoria es la violencia que la serie ejerce contra los niños, el sadismo meticuloso con el que los hermanos Duffer emplean todos los recursos a su alcance (que son muchos) para torturar los cuerpos y las mentes de sus jóvenes protagonistas, para ofrecer imágenes desgarradoras de cuerpos rotos, rostros desencajados y mentes infantiles catatónicas. Si mi hipótesis es correcta, estas escenas son un reflejo deformado del dolor y el daño que las redes sociales y las nuevas tecnologías infligen a las generaciones más jóvenes. Quizá sea esta la razón por la que tantos padres y madres permiten que sus hijos vean la serie, como quien se mira a un espejo.
Pese a que Stranger Things habla del presente y no del pasado, creo que sigue siendo una serie melancólica. Ahora bien, para entenderlo, hemos de volver a las películas originales cuya estética la han inspirado. Muchas de ellas fueron dirigidas o producidas por Steven Spielberg. Me refiero a E.T. el Extraterrestre, Cuenta conmigo (de Rob Reiner) y Los Goonies. En todas, los niños acaban siendo héroes en un mundo todavía atravesado por la Guerra Fría. Con sus escasos recursos (los conocimientos que la escuela les brindó, sus walkie-talkies, telescopios, aparatos de radioaficionados y bicicletas), son los niños quienes se organizan al margen de los adultos ignorantes o corruptos, desplegando virtudes morales que, a la postre, salvan a su comunidad. A veces, incluso, a la humanidad entera.
A poco que uno eche la vista atrás otros quince años, comprenderá que el marco argumentativo que plantearon todas estas películas fue un desplazamiento idealizado y compensatorio de ese otro período en el que, entonces sí, buena parte de los veinteañeros de los Estados Unidos se organizaron para forzar la reforma democrática de su propio país. Lo hicieron más allá de los marcos paralizantes de la Guerra Fría. Esos fueron los movimientos sociales de los sesenta. Quince años después, en medio del neoconservadurismo de Reagan y de la Nueva Derecha, un Spielberg entrado en la cuarentena proyectó esas ansias utópicas sobre unos niños que salvaban el mundo con su inocencia.
Desde 2016, los hermanos Duffer han vuelto a aquel universo ochentero de Spielberg, pero esta vez para torturar a aquellos niños idealizados que pretendieron alguna vez salvar la promesa de los años sesenta. Pese a estar ambientada en la Guerra Fría, Stranger Things es una serie sobre el presente, sobre la guerra por la atención, el algoritmo y la salud mental. En esa guerra no hay héroes, sólo víctimas. No hay victoria, sólo pérdida. No hay épica, sólo tortura. Los niños están enfermos; nadie nos puede salvar.
En un sentido, sin embargo, Stranger Things es una serie melancólica. Según Sigmund Freud, no hay melancolía por el objeto perdido (en nuestro caso, la esperanza en un mundo mejor) sin que la acompañe el reproche, el flagelamiento propio, el castigo de uno mismo. Al identificarse con el objeto perdido, dice Freud, “el yo se empobrece, se vacía y se rebaja a sí mismo, mientras una instancia crítica (el superyó) se vuelve cruel y despiadada. Así se explica la autodenigración, el sentimiento de indignidad y la tendencia autodestructiva del melancólico.”
Somos nosotros, los adultos, quienes debemos dejar atrás nuestra corrupción, ignorancia y melancolía y poner remedio a los males que nos aquejan. Como escribió hace poco David Trueba, «liberar a los menores de ese experimento social fallido que son las redes debe ser prioritario para la próxima década».
Todo eso es Stranger Things, hija mía: adultos maltratando a niños sobre los que un día proyectaron, por compensación, sus esperanzas decepcionadas.
Por eso no puedes verla todavía.
