La práctica pedagógica y la poesía en el 8 de marzo
Mural inaugurado en el IES Sedaví con motivo del 8M. / A. S.
“Las palabras no bastan si no transforman la vida”, escribió Audre Lorde. Nombrar lo que duele, señalar las injusticias, reconocer las voces de quienes han sido silenciadas, cada palabra activa un cambio posible cuando se convierte en acción colectiva. En España, los datos oficiales muestran que esta resistencia es más necesaria que nunca. En 2024 se denunciaron 22.846 delitos contra la libertad sexual, un 4,68 % más que el año anterior y un 66 % más que hace seis años, según el Ministerio del Interior. Casi el 94 % de las víctimas fueron mujeres o menores y cuatro de cada diez tenían menos de 18 años. Las cifras no son solo estadísticas, son vidas atravesadas por la violencia.
Ocupar los espacios, plazas, hogares, parques, ciudades y aulas, es un derecho y una responsabilidad democrática. Ocupar las palabras, darles peso y acción, es resistir frente a la indiferencia y el miedo. Si no hablamos, los relatos hegemónicos hablan por nosotras: la pornografía convertida en manual emocional, los algoritmos que amplifican el odio, los foros donde el machismo se reinventa con estética neofascista y captura a adolescentes que buscan pertenencia.
La educación afectivo sexual en el aula no es un lujo ni un añadido ideológico, es una herramienta de prevención basada en evidencia. Los feminismos decoloniales del sur global nos recuerdan que la igualdad no puede pensarse sin justicia interseccional. Pensadoras como Chandra Talpade Mohanty y Maria Lugones han subrayado que cuestionar las jerarquías de género, raza y clase es indispensable para formar sujetos capaces de resistir la violencia y reclamar su autonomía. Enseñar consentimiento, respeto y afectividad es dotar de lenguaje y límites a quienes están construyendo su identidad. Sin consentimiento no hay libertad, solo jerarquía disfrazada de deseo.
El machismo y la LGTBIfobia no aparecen por azar. Son reacción frente a un feminismo que ha transformado leyes y conciencias. En paralelo, los órganos judiciales especializados en violencia sobre la mujer registraron 51.897 denuncias en el segundo trimestre de 2025, un 2,69 % más que en el mismo periodo del año anterior, y atendieron a 47.710 víctimas, según el Consejo General del Poder Judicial. La violencia persiste y se adapta, pero también crece la capacidad institucional y social para nombrarla y afrontarla.
Como ha señalado Angela Davis en múltiples intervenciones públicas, el feminismo debe entenderse como práctica cotidiana de transformación social, no como consigna vacía. Esa práctica comienza en los espacios donde se forman las miradas y las relaciones. Comienza en los centros educativos, en la formación docente, en los protocolos que hoy son más sólidos que hace una década.
En el último año se han consolidado medidas de prevención y detección en centros escolares, se ha reforzado la formación en igualdad y se ha ampliado la transversalidad de la perspectiva de género en los currículos oficiales. También en espacios de educación no formal como L’Escoleta Matinal de Nazaret, donde Fundación por la Justicia optó porque la educación en la ternura y el respeto se conviertan en práctica diaria. Son conquistas colectivas, fruto de décadas de activismo y de profesionales que sostienen, día a día, una pedagogía de la igualdad.
Que cada palabra pronunciada y cada acción emprendida sean memoria que despierta y compromiso que no se rinde. Que detrás de cada aula haya conversaciones pendientes, que detrás de cada ventana no habite el miedo sino la certeza de que la educación puede desarmar la violencia antes de que se vuelva estadística. La igualdad no es un destino, es tensión, práctica y poesía. Y la escuela, cuando se atreve, puede convertirla en experiencia cotidiana y revolucionaria.
