La nostalgia por las chimeneas
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Hubo un tiempo –no tan lejano, aunque hoy parezca arqueológico– en el que la palabra manufactura evocaba algo más que un sector económico. Era una promesa civilizatoria. Las fábricas eran, en el imaginario del desarrollo, templos discretos del progreso: lugares donde la disciplina industrial transformaba campesinos en obreros, obreros en clase media y clase media en estabilidad política. No era solo producción de bienes; era producción de orden social.
Las economías modernas se edificaban sobre acero, maquinaria, líneas de ensamblaje y sindicatos. El relato tenía la elegancia de las historias simples: industrializarse era crecer; crecer era modernizarse; modernizarse era incluir. En México, esa convicción adquirió casi un carácter pedagógico. La industrialización por sustitución de importaciones primero, la apertura comercial después, compartían una intuición común: la manufactura era el vehículo privilegiado hacia la prosperidad compartida.
Hoy esa certeza se desvanece con una mezcla de evidencia empírica y resistencia emocional.
El libro Behind the curve: Can manufacturing still provide inclusive growth?, de Robert Z. Lawrence, no propone una herejía estridente ni un revisionismo ideológico. Es algo más inquietante: un ajuste de mirada. Lawrence no discute la relevancia de la manufactura, sino el peso simbólico que le atribuimos. Su argumento central es perturbador precisamente porque es sobrio: la manufactura ya no desempeña –ni probablemente volverá a desempeñar– el papel social que tuvo en el siglo XX.
No porque las políticas públicas hayan fracasado. No porque la globalización haya sido una anomalía. Sino porque las economías cambian y siguen lógicas que rara vez se pliegan a nuestras nostalgias.
La persistencia de una ilusión
Las sociedades modernas mantienen con la manufactura una relación curiosamente sentimental. Pocos sectores despiertan tanta ansiedad política, tanta retórica épica o tanta melancolía económica. Tal vez porque la era industrial coincidió, en varios países, con la expansión más visible de la clase media. Tal vez porque las fábricas ofrecían una narrativa tangible del progreso: edificios, máquinas, empleos claramente identificables. Tal vez porque el declive relativo del empleo industrial se presta, como pocas transformaciones económicas, a explicaciones morales.
Cuando desaparecen empleos manufactureros, la tentación de buscar culpables es irresistible. China, la globalización, los tratados comerciales, la deslocalización. Martin Wolf, en una columna célebre en el Financial Times, calificó esta pulsión como una forma de fetichismo manufacturero: la creencia........
