La venganza del autor
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A la crítica literaria le gusta dar todo por muerto: la misma crítica, la novela, la poesía, el periodismo, el autor o, para acabar de una buena vez, la literatura. Pero hay una categoría a la que ni el espíritu agorero más sombrío se atrevería a poner en cuarentena: el yo. Resulta ya evidente que una de las principales características de la literatura de este siglo –si no la principal– es el absoluto protagonismo que la primera persona ha cobrado. Y con ella regresó la figura del autor, con ánimo vengativo, desde el sueño de los justos donde dormía con serenidad y rencor, en ese limbo al que el estructuralismo la había confinado.
Habría que empezar por lo evidente: un narrador en primera persona no se corresponde necesariamente con el autor. A nadie se le ocurriría, quiero creer, confundir a Meursault con Camus ni a Humbert Humbert con Nabokov, pues El extranjero y Lolita son novelas y, por si hicieran falta más pistas, el nombre de estos personajes no coincide con el de sus creadores. Aclarar esto resulta un tanto extraño, por evidente. La fusión entre narrador-autor-protagonista era propia de los géneros apegados a la realidad o factuales, como los llamó Gérard Genette, al reivindicar su literariedad. Dicha fusión daba pie a un curioso pacto autobiográfico, como lo nombró Philippe Lejeune, según el cual el autor se comprometía a que todo lo que contara sería rigurosamente verdad y el lector lo leería como tal, en contraste con el pacto de ficción que se establece cuando ese mismo lector lee cuentos o novelas. Las cosas estaban más que claras, entre franceses, como dictan las buenas costumbres, y uno de los estereotipos del escritor seguía siendo el del señor un tanto despistado que conversa con sus personajes imaginarios.
Sin embargo, hacia el año 2000, hubo dos cambios simultáneos que empezaron a agrietar las certezas, lo que en literatura siempre es una buena noticia. Por una parte, los géneros factuales, que han existido desde siempre pero cuyo valor literario no acaba de ser aceptado del todo debido a la añeja confusión entre literatura y ficción, cobraron cierto auge, de la mano de la crónica, el ensayo y de las diferentes variantes de los relatos autobiográficos. Cada vez era más difícil relegarlos a la literatura de segunda categoría donde iba a parar todo lo que no fuera trama, drama o verso. Por otro lado, surgieron las novelas que serían catalogadas con la nebulosa etiqueta de autoficción, según la cual un escritor introduce algunos episodios autobiográficos de su vida y, al mezclarlos con la ficción, los noveliza. El procedimiento no tenía mucho de nuevo, y los ejemplos del pasado –de Conrad a Proust– en que se había utilizado son innumerables. No obstante, resulta innegable que en Soldados de Salamina, de Javier Cercas, y en Cómo me hice monja, de César Aira, había algo distinto. En la primera, un trasunto de Cercas, con la inestimable ayuda de la Guerra Civil, lograba que su vida gris y triste adquiriera un estatuto épico, mientras que la segunda narraba las disparatadas aventuras con el helado de frutilla de una simpática niña llamada César Aira. Ambas novelas no podían ser más distintas y ambas mostraban las diversas posibilidades de la mentada autoficción.
Las dos tendencias no tardaron en mezclarse, lo que supuso la explosión de todas las variedades de la literatura del yo. Desde Francia llegaron los libros de Emmanuel Carrère,Delphine de Vigan y Annie Ernaux, junto con la sorpresa de que los franceses aún tenían la capacidad de exportar novedades culturales. En el ámbito anglosajón, Joan Didion, Teju Cole, Sheila Heti y Rachel Cusk recordaban por qué en inglés la primera persona del singular se escribe con mayúscula. Y en Latinoamérica, Ricardo Piglia, Cristina Rivera Garza, Julián Herbert, Nona Fernández, Alejandro Zambra, Belén López Peiró, Lina Meruane, Camila Sosa Villada o Gabriela Wiener, y la lista es interminable, creaban una nueva literatura tan influyente que rescató o creó –dependiendo de cuánto se crea en la novedad en cuestiones literarias– toda clase de géneros autobiográficos. Así, la literatura de la memoria y la de los hijos de las dictaduras, el relato de duelo, las narraciones de enfermedad, el testimonio trans, los libros de maternidad y paternidad, los sumarios de divorcio, la crónica de viaje, el recuento de adicciones o la denuncia de un caso de abuso sexual se convirtieron en géneros establecidos, cuyos ejemplos se multiplicaron y muchos de los cuales obtuvieron el éxito bipolar de público y crítica ansiado por cualquier escritor.
Por fortuna, los diferentes géneros, libros y autores de la literatura del yo son tan variados que resulta imposible encontrar tendencias uniformes o generalizadas, salvo una: la intromisión........
