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Trump 3 – Messi 0

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18.03.2026

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¿Me contradigo?Muy bien, me contradigo.(Soy amplio, contengo multitudes).

La primera gran acción pública de Jürgen Habermas fue tumbar a un gigante del pedestal. Habermas era un estudiante de 24 años en Göttingen y, quizás porque necesitaba empezar a hacerse un lugar bajo el sol, le apuntó a Martin Heidegger, el último titán vivo de la filosofía alemana. Era 1953, la Segunda Guerra Mundial había terminado apenas ocho años antes y la herida estaba expuesta para ser salada. Ahí fue Habermas. Ay.

Habermas, huelga decirlo ya, era judío y neomarxista y Heidegger era antisemita y no hablaba demasiado de su cercanía con los nazis. Cuando salió la reedición de Introducción a la metafísica, un ensayo donde Heidegger hablaba de la “verdad interior y grandeza” del partido de Adolf Hitler, Habermas vio la oportunidad y cargó. “¿Acaso no es el deber primordial de las personas reflexivas esclarecer los actos del pasado por los que se debe rendir cuentas y mantener vivo el conocimiento de ellos?”, reclamó.

Habermas fue un humanista. La noción de que una sociedad es mejor –más humana– cuando construye consensos es innegociable para quien crea que la democracia debe incluir los codos ajenos en el acuerdo de convivencia. Y fue lo que uno espera de un intelectual: un hombre que no se rehúsa a revisar ideas, incluidas las propias, y que motiva y empuja a otros a asumir la conflictividad como fuente de aprendizaje.

Leí a Habermas –y a Heidegger, claro– en la universidad y asumí algunas de sus ideas como motivadores. Cuando murió, el 15 de marzo, otros dos gigantes estaban presentes en mi memoria por esos días. Uno era Karl Marx, que falleció en 1883 el mismo día que Habermas, como si fuera un extraño juego de espejos de la historia –uno fundador y el otro crítico de una cosmología determinante. El segundo es Leo Messi, que fue enterrado unos días antes el mismo mes en que murió Habermas como si fuera otro extraño juego de espejos de la historia: uno, el filósofo, celebrado por hacer lo que sabe, y otro, el futbolista, cuestionado por sólo hacer lo que sabe.

Tenemos un problema. O varios. Los seres humanos somos implacables, nos toma toda una vida dejar de ser inmaduros y la mayoría dejaremos el mundo sin ser la sombra de algo más o menos cercano a Habermas o, claro, Messi. Y está bien que sea así. Unos saben pensar, los otros sientan de culo a Boateng antes de hacer un gol de Playstation. A la mayoría nos cuesta recordar la lista del supermercado o esquivar un poste de alumbrado en la calle mientras tuiteamos. (Guilty.)El único destino de estrellas que tenemos garantizado es el polvo.

Parece, pero no me desvío. Conocemos los hechos. El 5 de marzo, el Inter Miami, actual campeón de la MLS, fue invitado a una reunión en la Casa Blanca con Donald Trump. En la reunión, Trump, como suele, mezcló peras con bombas y, con la escenografía de los campeones detrás y Messi a su derecha, se lanzó a hablar de su reciente ataque a Irán, la situación en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, sus benditos aranceles y, como si el plato no estuviera lleno, una posible acción contra Cuba.

Sus palabras sobre la guerra en Irán fueron particularmente repulsivas. Con un tono prescindente, como si estuviera en el golf hablando de vacas, prometió “una muerte segura” a los guardias revolucionarios iraníes y que su ejército, “junto con nuestros maravillosos socios israelíes”, sigue en liza “demoliendo totalmente al enemigo”. Nada más Trump terminaba parte de su rant improvisado, los problemas se hicieron mayores: los asistentes detrás de cámaras comenzaron a aplaudir, y los jugadores del Inter Miami los siguieron. Ay.

Se cayó el mundo. El entrenador Javier Mascherarno contó luego su sorpresa –debían cumplir con una tradición, estuvieron pocas horas, el contacto con Trump fue “el que se vio en la TV, no mucho más” y se suponía que hablarían “de fútbol”–, pero el daño ya estaba hecho: Messi, al lado de Trump, aplaudiendo el bombardeo de Teherán.

“Te banqué, pero hasta acá llego con vos, Leo”.

Un clip muy apropiado de niños con la bandera iraní quemando camisetas del 10.

“Amante de sionistas”.

Tuiteros pidiendo que el mejor jugador del mundo se disculpe con ellos.

Una caricatura de leo besando la Copa y luego la suela del Tío Sam en El Deforma.

Gente inteligente perdiendo los papeles como poetas traicionados por el amor de su vida.

Más reclamantes morales: “¿Qué ejemplo les da a los niños juntándose con Trump?”

Diez millones de madridistas felices.

El escándalo fue mayor en el planeta en que crecí, Argentina, donde Messi quedó preso de nuestro consuetudinario tironeo bipolar. Argentina es un país de un gusto hiperbólico por la polémica. Vive en la polarización desde hace más de 80 años. La concepción binaria de la política es casi fatalista —o estás con nosotros o contra nosotros. Y esa misma segmentación se vive en otro de los grandes asuntos nacionales, el fútbol. Los clubes son clánicos; las barras, militancias. En la película El secreto de sus ojos buscan a un asesino sin resultado hasta que lo encuentran en un el estadio de Racing de Avellaneda. El tipo tenía un apego enfermizo por su club: no podía cambiar de pasión.

La política se ha contagiado de una espectacularización emocional similar. Nada nos es indiferente, decía alguien. Todo gesto significativo de una personalidad debe ser diseccionado; toda palabra, capturada. Como el cuerpo de Evita o las manos de Juan Perón, el asunto esta vez fue apropiarse de Messi.

El presidente Javier Milei, un señor que tiene la alegría de los niños cuando un famoso lo mira, reivindicó haber defendido a Leo cuando todos lo criticaban y, madre-de-todos-los-santos, lo reclamó como parte de su movimiento. La izquierda, el peronismo y la iglesia pos-maradoniana se quitaron la camiseta de la tolerancia y mostraron los colores: resultó que habían aceptado a Messi por oportunismo porque ganó el Mundial en 2022, pero, para muchos de ellos, “héroe”, uno solo –Diego Armando Maradona, el hombre del pueblo.

De la nada, dos de los tres mejores jugadores de la historia competían otra vez en la telenovelera pasión de las masas. Daba igual que uno esté muerto; el otro, para ellos, acababa de suicidarse.

Me divierten las reacciones extemporáneas, finalistas y exageradas. El comportamiento hiperbólico tiene su costado significativo: nos llama la atención porque intensifica la condición o el efecto de un fenómeno, usualmente cargándolo de humor, drama, una tonelada de emociones. Y me río mucho con las grandes exageraciones –hala, dos hipérboles en esta frase–, hasta que me dejan de hacer gracia. Y eso suele suceder cuando el efecto producido acaba por suplantar los hechos que lo generan.

Aquel día en la Casa Blanca, forenses de Twitter y semióticos de tribuna leyeron hasta su movimiento y reacciones como analizan su sprint. De repente, el cuerpo de Messi se convirtió en un significante político del fin del viejo orden mundial. Que las manos, que los hombros, que los ojos, que la cara. ¿Sonrió mientras Trump decía........

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