El peo en la hamaca
Uno de los espectáculos más fascinantes de la política del siglo XXI está ocurriendo en Venezuela y se puede resumir así: una hedionda dictadura latinoamericana, militar más que civil, poscomunista y antiimperialista, se pone al servicio de los Estados Unidos. Esa no la vimos venir, ni siquiera los que desesperados por la situación de Venezuela anhelábamos una intervención exterior. Pero es exactamente lo que está ocurriendo. Algunos incluso lo consideran una operación brillante y exitosa. Un servidor sigue creyendo que terminará mal, incluso muy mal, y lo que te deja estupefacto es que no sea evidente para todo el mundo.
Tomemos las últimas entrevistas concedidas por Delcy y Jorge Rodríguez. Es muy conveniente saber quien es Jorge Rodríguez: una sabandija comprometida con el chavismo desde primera hora pero cuya mayor altura política comenzó en la llegada de Nicolás Maduro a la Presidencia de la República. Maduro militó en un pequeño partido de la izquierda radical, Liga Socialista, fundado por un terrorista que se consideraba a sí mismo un héroe revolucionario, el padre de los hermanos Rodríguez, a quienes trató desde finales de los ochenta. Curriculum de Rodríguez: psiquiatra con ínfulas de escritor que ha acumulado consecutivamente los cargos de presidente del Consejo Nacional Electoral, vicepresidente de la República entre 2004 y 2008, alcalde del municipio caraqueño de Libertador. Ministro de Información, diputado, residente de la Asamblea Nacional. Melifluo y eficaz, es uno de los arquitectos del Partido Socialista Unificado de Venezuela. Se hermana Delcy era la vicepresidenta cuando los estadounidenses, el pasado 3 de enero, secuestraron a Maduro y se lo llevaron a una cárcel federal en Nueva York.
Pues bien, los Rodríguez, en todos sus discursos, invocan las actuales buenas relaciones con las autoridades de Estados Unidos, agradecen a Donald Trump su voluntad de cooperación, reciben al nuevo embajador de Washington y al director de la CIA, cortejan a inversores yanquis trumpistas con whisky y pasapalos en el Tamanaco. Reciben, agasajan y firman contratos con los mismos que hace poco más de tres meses secuestraron y se llevaron por los aires, después de aniquilar a sus escoltas, a su amigo, camarada y jefe de Estado. Pero cuando oyen hablar de María Corina Machado se les acelera la respiración y ambos advierten que la opositora, si pisa de nuevo suelo venezolano, «tendrá que responder de su apoyo a la desestabilización de Venezuela y a la intervención de la patria desde el exterior». El cinismo de los hermanos es portentoso. La mayor desestabilización de Venezuela es la que ha obrado desde el 3 de enero y se antoja difícil imaginar un intervencionismo más explícito que llevarse engrilletado en un helicóptero al Jefe de Estado y comandante supremo de las Fuerzas Armadas, y los que lo han hecho son, ahora, los mayores y mejores socios de Delcy y Jorge Rodríguez: los Estados Unidos de Norteamérica.
Tiemblan al escuchar el nombre de Machado porque representa uno de los grandes obstáculos para perpetuarse en el poder. Seguiría ganando de largo unas elecciones presidenciales hoy. El otro es Diosdado Cabello y algunos generales y muchos coroneles y comandantes incrustados en los servicios de inteligencia y contraespionaje, a los que se deben sumar la mitad de los gobernadores y alcaldes chavistas. El equilibrio entre la retórica de «un nuevo tiempo», es decir, un chavismo pactista y edulcorado, y los que atornillados en el régimen temen perder poder e influencia es sumamente delicado. Se diría que la retórica fraternalista, la liberación «condicional» de la mayoría de los presos políticos y el desplazamiento de agentes propagandistas como Mario Silva es casi el límite de las reformas: el otro día volvieron a dar palos, patadas y empujones en una manifestación de protesta cerca de Miraflores. La democracia autoritaria, restrictiva y dolarizada de los Rodríguez carece de base social y electoral y –como decía un cómico venezolano – va a durar menos que un peo en una hamaca.
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