Cabra asomada al pozo
El príncipe Andrés, hermano de Carlos III de Inglaterra. / Reuters
"Asomada al pozo, Cabra". Así era como una amiga llamaba a alguien, usando el tono formal y automático de pasar lista: primero el apellido, Asomada al pozo, y luego el nombre, Cabra. Era un mote completo para evocar la cara de inescrutable perplejidad que esa muchacha llevaba en su vida. Mientras escribo esto, pienso que la cabra asomada al brocal lo único que hace es imitar ese mismo pasmo de quien está en el fondo del pozo mirando la cara del animal que se asoma. Ustedes disculpen, porque esto va de miradas sorprendidas, perplejas, algunas metafóricas y otras muy reales.
La primera mirada perpleja supongo que es la de Emilio Delgado, portavoz de Más Madrid, cuando dijo aquello de que la visibilidad del colectivo LGTBI no debía invisibilizar a los jóvenes heterosexuales. Fue una mirada perpleja por lo que se le vino encima después; incluso su propio partido le dijo que eso no reflejaba la postura oficial y supo que se había equivocado. Hasta el mejor escribiente hace un borrón y Emilio Delgado suena a discurso verdadero, llano y ágil, pues tiene un verbo fluido de letra clara. Sus disculpas suenan sinceras, quizás porque él ha visto esa mirada perpleja y furiosa entre los jóvenes heterosexuales a los que les dicen que les han despojado de sus derechos. Yo también la he visto: estábamos hablando precisamente sobre este tema y un amigo, joven y heterosexual, me mencionó casos de vidas perdidas de hombres por las mentiras de una mujer: sin casa, sin niños, sin dinero, abocados a una existencia destrozada.
Podría, en este párrafo, hablar sobre la resistencia, resiliencia, cuidado, respeto, autoafirmación y comprensión de los matices que nos caracterizan, en general, a quienes no somos heterosexuales o somos mujeres. Hacemos la estadística con los vivos y nunca contamos a los que se quedaron en el camino, a los que murieron, en un resumen muy amargo, a causa de esa masculina heterosexualidad ejercida sobre nosotras por parte de ellos, los siempre visibles. No es un reproche, tan solo una petición de comprensión a estos jóvenes tan soliviantados que nos miran con su dolor de hito en hito: ¿os habéis imaginado en nuestro lugar alguna vez?
Cuando nos usáis como insulto, cuando os reís de vuestras compañeras, cuando todo es una broma hasta que deja de serlo, ¿os imagináis haber crecido corriendo con un solo pie y con una mano atada a la espalda? El que pidamos en alto usar las dos manos y los dos pies, como vosotros, para estar en el mundo, no debería ser un insulto. Si ocupamos espacio y hay un poco menos para todos, pues habrá que apretarse, y nadie es menos hombre por ello; al contrario, es más y mejor persona.
Lo que me lleva a la última mirada perpleja. Una muy real. Hay veces en que un hombre de pelo en pecho es atrapado por su pasado, pero pocas veces hemos visto el momento exacto en que eso se refleja. Flasheado por el tren de la vida que lo ha arrollado, la icónica foto del príncipe Andrés en el momento de su arresto me recordaba a esa amiga y su mote compuesto ahora doble certero: un cabrón con pintas en el lomo asomado al pozo negro de su futuro.
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