Bad Bunny y los listillos
Del mismo modo que la figura más fascinante de la Edad Media es el loco o el de la novela rusa decimonónica es el idiota, el de nuestros tiempos es el listillo. Y tal y como los animales asaltan los restos de comida del claro del bosque, los listillos suelen flotar tras cualquier tipo de consenso. Por ejemplo, la importantísima actuación de Bad Bunny en la Super Bowl.
Mi postura es clara: lo que hizo en el descanso del partido de la NFL (campeonato de fútbol americano) el portorriqueño es probablemente el momento más relevante (por su pegada política y su alcance social) de la cultura pop mainstream del siglo XXI. Es muy valioso celebrar una mirada a la raíz y al pasado, tan distanciada de la nostalgia neofascista. Aún más si es un show tan bien escrito, que ensalza al héroe anónimo (Toñita, dueña del último club social caribeño en Brooklyn) y pone el foco en detalles elocuentes que encierran a toda una cultura (el niño que duerme estirado sobre tres sillas durante una boda). Un talento para la síntesis que ya había mostrado antes: las dos sillas Monobloc blancas, de plástico, baratas pero simbólicas (la vida en la calle y el arte popular) de la portada de su último disco (vacías, por la diáspora de su país).
Obviamente, la mitad reaccionaria del planeta echa pestes del asunto, cosa muy sana, pero querría centrarme en los que lo atacan desde la mirada progresista. Poco se puede hacer ante los malos orgullosos de ser malos, pero quizá sí ante los listillos que ignoran qué es un listillo: un tonto que no sabe que lo es.
Los hay que dicen que Bad Bunny es mero entretenimiento, como si una estrella del pop fuera un académico preparando su tesina de Derrida de día y actuando en un micro obert de Gràcia de noche. Algunos citan a Adorno, sin darse cuenta de que él aplicaba sus diatribas a una música como el jazz, género ahora tan prestigioso como infalible para detectar listillos (suelen decir que les gusta el jazz, así, en abstracto, y lo asocian a la elegancia como un hortera rico asocia el triunfo a los yates o la calidad de vida a un gintonic en copa de balón). Dicen, claro, que no se entiende lo que canta, tal y como decían de Elvis los listillos de los cincuenta. Es más, hablan de degeneración, sin darse cuenta que eso ha hecho cada generación, incluso con el vals («Mientras que esta exhibición obscena se limitaba a las prostitutas y a las adúlteras no lo consideramos digno de mención…», publicaba el Times en 1816). Hablan de la contracultura de los sesenta, sin recordar que uno de sus más lúcidos activistas solía decir, en 1968: «Do you have a movement? Yeah, it’s called dancing». Y lo comparan con grandes nombres del pasado. Pero los que entienden saben que eso es una trampa: «Una nana es mejor que La Novena de Beethoven… si lo que quieres es dormir a un bebé» o «Baby Shark es una obra maestra en lo que pretende», dice El Barroquista en su reciente Otra historia de la música.
Es sano que no entiendas musicalmente a Bad Bunny, porque la música pop se basa en eso: en crear zanjas generacionales y en ofrecer un lenguaje a cada nueva juventud. Pero la reivindicación del contagio cultural (y su batalla contra el neocolonialismo, la intolerancia, el racismo, la amnesia) mediante el baile que hizo Bad Bunny, mientras se detienen a miles de personas en un mundo cada vez más estrecho, es tan valioso (y pop: es decir, icónico) como el puño en alto de los atletas negros en México 68. No percibir eso no tiene que ver con estar sordo (o con que no te guste su música), sino con estar ciego (y no saber leer el tiempo que te ha tocado vivir).
