Juan Cofiño, socialista y presidente de la Junta General: "Preferiría un PSOE con un mensaje más socialdemócrata"
Juan Cofiño, socialista y presidente de la Junta General: "Preferiría un PSOE con un mensaje más socialdemócrata"
"Defiendo un pacto de mínimos entre los grandes partidos antes que ver a un país condicionado por la extrema derecha", dice el presidente del parlamento asturiano.
El también diputado autonómico sostiene que "las instituciones deberían construirse con más consensos"
Juan Cofiño, este viernes, en su despacho en la Junta General. / Irma Collín
Hay un persistente "tic-tac" que acompaña a esta larga conversación con Juan Cofiño, presidente de la Junta General. Proviene de un reloj más que centenario, nacido en la histórica factoría de los Miyar en Corao, que llegó a suministrar a la Casa Real. En el despacho de la presidencia del parlamento asturiano ese viejo reloj mantiene infatigable su ritmo; es uno de los diez salidos de la misma fábrica con los que cuenta la Junta General. "En esta legislatura no ha habido que tocarlo", dice Cofiño tras la charla. Ese "tic-tac" martillea, suave pero implacable, el tiempo que le queda a una legislatura que se agota; también el que le resta a Cofiño en la vida política.
—Con la que está cayendo, ¿va a poder la Junta General despojarse del clima electoral?
—Espero que sí, pero es un deseo y una esperanza. Si me atengo a la realidad, quienes ven cómo suceden aquí las cosas habrán notado que, en los últimos tiempos, el discurso político y el comportamiento en general se han vuelto muy ásperos y muy difíciles. Hago lo que puedo para que esto no se vaya de las manos y para que el debate siga siendo debate, con argumentos, pero el escenario que tenemos por delante no va a ayudar. Hay unas elecciones generales convocadas e inmediatamente, sin solución de continuidad, unas autonómicas y locales. Eso no vaticina precisamente que bajen los decibelios y los adjetivos. Mi labor y mi obligación es conseguir que el debate siga siendo debate, que el argumento siga siendo argumento y evitar excesos. Ese es el trabajo fundamental: que hagamos un debate ordenado hasta donde se pueda.
—Entre las críticas que recibe está que usted es demasiado inflexible con los tiempos y las intervenciones; que deja pasar pocas o ninguna.
—Al comenzar la legislatura compartí con todos los portavoces cómo iba a interpretar el reglamento, porque creo en el parlamentarismo del bueno. Veníamos de una legislatura en la que mi predecesor acotaba los tiempos automáticamente. Quise hacer un gesto en favor del parlamentarismo e introduje cierta flexibilidad. Me di cuenta de que era un empeño inútil, porque inmediatamente me acusaron de ser subjetivo al otorgar esos tiempos de gracia. A mediados de legislatura decidí que volvíamos a la rigidez. Por lo demás, flexibilidad toda, teniendo presente que tengo la obligación de gestionar los debates con el reglamento, que es nuestra norma. Flexibilidad dentro de ese orden y de lo que entiendo que es un debate parlamentario saludable. No me preocupan las acusaciones de subjetividad o inflexibilidad. Si uno ve lo que les ocurre a quienes presiden el Congreso, el Senado y los demás parlamentos, sucede lo mismo: acaban acusados de parcialidad. Procuro aislarme y hacer lo que creo que debo hacer. Es inevitable.
—Fue parlamentario hace muchos años, en momentos que tampoco estuvieron libres de tensión, incluso dentro de su partido. ¿Qué diferencia ve entre el parlamentarismo de entonces y el de hoy?
—La diferencia es enorme. Acabo de venir (el viernes) de una presentación de un libro en la que estaban Amelia Valcárcel, que compartió conmigo el Consejo de Gobierno y el Parlamento, y Paz Fernández Felgueroso. Las dos aludieron a la diferencia entre lo que observan ahora y lo que vivimos entonces. Comparto esa percepción. Somos más o menos hijos de la Transición política y recordamos lo que costó. Fue un acto de generosidad de mucha gente: hubo que hacer cesiones y se entronizó una palabra que ahora parece devaluada, el consenso. Consensuar implica ceder, dialogar y empezar por sentarse. Eso ha desaparecido. Aquí ya nadie se sienta a dialogar, se escucha poco y hemos vuelto a una política muy frentista, de unos frente a otros. El debate parlamentario lo sufre: se ha vuelto áspero, difícil, lleno de adjetivos descalificativos e incluso, a veces, de insultos y descalificaciones groseras. La diferencia con los años ochenta y noventa es más que notable. Amelia y Paz lo comentaban ahora mismo en público.
—Habla de falta de consenso, pero esta misma semana se aprobó con amplio acuerdo la ley LGTBI. Una absoluta excepción, si echa la vista atrás.
—Se pactó, aunque hubo disenso y no estuvo todo el mundo. Se aparcaron posiciones para conseguir un acuerdo. Quisiera que eso se replicase en normas muy importantes y trascendentales para el futuro, y no está sucediendo. Ni aquí ni en el Estado. La situación asturiana no es muy diferente de la que uno observa en el ámbito estatal.
Sánchez debería haber adelantado antes las elecciones. El presidente tiene tesón y gran capacidad para resistir, pero al final ha sido imposible.Juan Cofiño— Presidente de la Junta General
Sánchez debería haber adelantado antes las elecciones. El presidente tiene tesón y gran capacidad para resistir, pero al final ha sido imposible.
— Presidente de la Junta General
—Hace relativamente poco defendió con claridad un adelanto electoral. ¿Cree que Pedro Sánchez tardó demasiado en asumir que la legislatura estaba agotada?
—Siempre dije que esta legislatura iba a tener muchas dificultades por la base sobre la que se inició: unos acuerdos muy difíciles, incluso entre opciones políticas antagónicas, y una aritmética infernal que no podía ser la base de una legislatura estable. Así ha sucedido. El presidente del Gobierno es un hombre con tesón y gran capacidad para resistir, y esos son valores, pero al final ha sido imposible. Era evidente que en un momento u otro la legislatura se acababa. Llevamos tres años sin presupuestos, muchas leyes no son posibles y ha habido que recurrir insistentemente al decreto ley, que debe ser la excepción y no la norma, sin convalidación en muchos casos. Lo último fueron los decretos de vivienda, que creo que fueron la gota que desbordó el vaso y llevaron a tomar la decisión de adelantar. Personalmente, creo que debería haberla adoptado antes.
Si no conseguimos pactar la financiación del modelo autonómico, esto no va a ir bienJuan Cofiño— Presidente de la Junta General
Si no conseguimos pactar la financiación del modelo autonómico, esto no va a ir bien
— Presidente de la Junta General
—La Junta se pronunció en contra del modelo de financiación, un asunto sobre el que también ha hablado usted muchas veces. ¿Qué valoración hace?
—Podríamos hacer una larguísima reflexión sobre de dónde venimos. Este país pasó de ser centralista, que es nuestra historia con alguna pequeña excepción, a estar fuertemente descentralizado, casi federal. El modelo de financiación autonómica es la clave de bóveda de ese sistema. Tiene que garantizar la suficiencia de todos los territorios en términos de equidad, lisa y llanamente. Las diferencias pueden estar en el ámbito cultural o en las lenguas, pero no pueden establecerse en la financiación. Esta tiene que garantizar equidad en la prestación de servicios públicos en todo el territorio. En 1978 pactamos una Constitución que recogía un asunto procedente de nuestra historia, los cupos vasco y navarro, que establecen una asimetría fiscal y de financiación. No voy a obviar algo evidente: aquello se pactó así y el título VIII quedó como quedó porque, entre otras cosas, había una cosa que se llamaba ETA. Pero uno hubiera pensado que, a medida que el país se consolidaba, esas diferencias irían atenuándose. No digo que desaparecieran, pero sí que avanzásemos hacia un modelo que las matizase. Además, esos cupos son un arcano: no sabemos qué hay dentro, no conocemos las cuentas que cada año consolidan esas dos comunidades y el Estado. Lo que hemos visto es que llevamos sin modelo desde 2012 y que Cataluña quiere imitar, de una forma u otra, el modelo vasco y navarro. Puede llamarse como se quiera, pero en el fondo es eso. No hemos sido capaces de aprobar un modelo en todos estos años. El intento de esta legislatura estaba viciado de origen, como hemos dicho y como también ha señalado el Gobierno asturiano, porque, en lugar de corregir las asimetrías del pasado, las ampliaba. Es una pena que no hayamos conseguido pactarlo, porque es la clave del sistema. Habrá que hacerlo algún día.
—¿Se debe a la fragmentación de los partidos o a un cambio sociológico en España y en las posiciones de las comunidades?
—A la coyuntura política en la que vivimos, con los nacionalismos. Un antiguo profesor mío, que escribe habitualmente en su periódico y viene a la Junta a dar conferencias, utilizó hace poco una expresión muy descriptiva: que padecían de «ninfomanía política». Se refería a una reclamación inacabable en el tiempo. A partir de ahí tenemos un problema, y ese problema y otros solo se van a arreglar si los dos grandes partidos de este país hacen un pacto. Todo lo demás va a seguir siendo un problema. Hay que volver a los pactos de Estado transversales, como mínimo entre los dos grandes partidos. Si es posible incorporar a más gente, mejor. Vale para la financiación autonómica, la vivienda, la inmigración y muchos otros asuntos. No va a ser posible que haya paz en una cuestión tan nuclear sin acuerdos muy transversales entre esas dos grandes fuerzas.
—Hoy parece una utopía. La trinchera entre PSOE y PP es enorme.
—A día de hoy lo parece, evidentemente, pero espero que cambie. Tenemos que aportar nuestro pequeño granito de arena para que vuelvan los consensos en los asuntos que nos importan de verdad a todos. Este es uno de ellos, quizás el más importante. Ahora estamos agobiados por la vivienda o la inmigración, pero el asunto estructural es asentar el modelo autonómico en serio. Si no conseguimos pactar su financiación, esto no va a ir........
