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La moda grotesca

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16.04.2026

Es completamente normal que un caballero de mediana edad —y por mediana edad entendemos veinticinco años— se pasee bulliciosamente por la avenida, a media tarde, con un sombrerito de paja y un plátano sobre el sombrero, y sobre el plátano una piña, y sobre la piña un hermoso tazón de cereales. Es absolutamente normal y hasta recomendable que una persona semijubilada —y por semijubilada entendemos rondando los treinta y nueve— se contonee alborozadamente por la avenida, a media tarde, poquito antes de que el atardecer languidezca, con un chaquetón de piel de lagarto, y sobre los hombros dos maracas forradas de terciopelo carmesí, y sobre las maracas un volumen encuadernado en pergamino amarillo de esa cosa infumable llamada Rayuela, tan defendida por los intelectuales. Y no deja de ser extraordinariamente normal, y muy apropiado, que una señora de extrema ancianidad, con pierna y media sepultada ya en la tumba —y por extrema ancianidad y pierna y media en la tumba entendemos cincuenta años— se desparrame amorosamente por la avenida, a media tarde, bajo un tibio sol de primavera, somnoliento y romanticón, envuelta en metros y metros de papel higiénico de doble capa, y enlazado a su cintura un cubo industrial de mayonesa haciendo las veces de bolso, y colgando del cubo de mayonesa unas postales de Fuerteventura, como guirnaldas festejando una vida pasada de locas pasiones.

La moda, y por moda comprendemos cualquier cosa grotesca y dictatorial con que adornar prolijamente el cuerpo, se está llevando por delante la dignidad de más de uno. De más de una generación. Antes boba que sencilla. Nosotros, que más parecemos el maniquí defectuoso del escaparate, ese que se desecha y arrumba vergonzosa y secretamente en un cuarto polvoriento y oscuro, mataríamos, qué duda cabe, por tener la oportunidad de lucir esos cuerpos esculturales, bendecidos con la graciosa genética. Mataríamos por esa figura esbelta, por esos semblantes naturalmente tostados al sol, por esas riquísimas y genuinas aposturas. Pero algo tiene la moda, algo violento, poderoso e ineludible, algo misterioso tiene que convierte a los dueños de esos bellos cuerpos en lamentables mamarrachos. Algo tiene la moda. Qué será, quién lo sabe. Ojos que la naturaleza dibujó con preciosas y caprichosas formas, miradas seductoras, irresistibles, angelicales, deslumbradoras, miradas que son promesas de amor…, todo metamorfoseado en ridícula apariencia, en absurda extravagancia, tras unas gafas descomunales de espantosa montura. Lo feo sencillamente por lo feo, mostrar porque sí el aire más banal, más leve. El zapato más fuera de lugar, la corbata más inoportuna. Lo zafio por lo zafio. Lo vulgar sencillamente por vulgar. Vestuarios imposibles, chabacanos, arrítmicos. Pantalones deliberadamente enormes que tornan en clamoroso payaso al más elegante.

Y se ha diseñado un lenguaje específico para subrayar esta cosa ominosa y grotesca de la moda, para incidir semánticamente en el asombro ajeno: rojo aventura, amarillo fiebre, azul yoga, verde equilibrio, marrón dúplex... Hasta el lenguaje ha dislocado la moda.


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