La Memoria Histórica como baluarte democrático
Visita los refugios antiaéreos de Alicante
Visita los refugios antiaéreos de Alicante / Pilar Cortés
¿Vivimos en la era de la información o en la de la confusión? Resulta paradójico que en pleno siglo XXI, con un acceso al conocimiento sin precedentes, la calidad de lo que consumen nuestros jóvenes sea más precaria que nunca. Asistimos a diario a un entorno gobernado por redes sociales y medios de comunicación donde los algoritmos y las fake news inundan la información apelando a la víscera y a la emoción antes que a la evidencia. Este es el caldo de cultivo ideal para la radicalidad, el insulto y la injusticia, pero también para un fenómeno muy peligroso para la sociedad: la erosión de nuestra memoria colectiva.
Históricamente, la prensa y la comunicación han sido considerados como el «cuarto poder». Hoy ese poder se ha vuelto un arma de doble filo, haciendo de la información objeto de una instrumentalización política feroz que pretende poner en duda el propio sistema democrático. ¿Cómo defender la democracia y la memoria cuando se utiliza la mentira como munición?
La respuesta es clara: con información veraz y contrastada a través de los archivos, verdaderos garantes de los derechos y obligaciones de la ciudadanía, así como vigilantes de la transparencia y la rendición de cuentas en cualquier institución pública.
Los trágicos sucesos ocurridos con la dana en 2024 pusieron de manifiesto la vulnerabilidad de los archivos públicos valencianos y las carencias de su sistema archivístico. En los quince archivos municipales inundados se encontraban las escrituras de las casas de miles de personas, los padrones municipales, planos catastrales, licencias de negocios, proyectos de obras... documentación que pone en peligro un derecho constitucional de todos los valencianos. Por suerte, muchos de ellos se han salvado gracias a la labor del Institut Valencià de Conservació, Restauració i Investigació de la Generalitat Valenciana, donde trabajan grandes profesionales públicos.
Pero los archivos como centros donde se custodia la documentación histórica también son necesarios para la salvaguarda y la protección de la memoria democrática. En este sentido, actualmente asistimos a una perversión del relato histórico y un blanqueamiento del fascismo, amparado por sectores reaccionarios, que ha dado lugar a «leyes de falsa concordia» que intentan borrar la frontera entre víctimas y verdugos en nuestra historia.
En Alicante, sin ir más lejos, estamos expectantes por saber qué pasa con los refugios antiaéreos cerrados al público para someter el relato de las cartelas y guías a una resignificación. Mucho me temo que no se van a reflejar datos básicos que sabe cualquier historiador y que son hechos inalterables: la Guerra Civil no fue una guerra entre bandos hermanos, fue una guerra provocada por golpistas fascistas contra una República elegida democráticamente; Alicante es la ciudad de España con más refugios antiaéreos precisamente por ser bombardeada por aviadores fascistas españoles e italianos; uno de dichos bombardeos se saldó de forma premeditada con más de 300 muertos y 1.000 heridos civiles en el Mercado Central; nuestro puerto se convirtió en el último reducto de aquellos republicanos que tuvieron que huir de la represión: una auténtica ratonera entre el mar y los fusiles italianos.
Alicante es la única ciudad reconocida como «Lugar de Memoria» no solo por estos hechos, sino también por ser el lugar donde murió y yace Miguel Hernández. Por cierto, nuestro poeta más universal también se ve afectado por esta ola reaccionaria y, por primera vez en 28 años, la Generalitat no financia la Senda del Poeta. Afortunadamente, Urtasun, ministro de Cultura, se ha hecho cargo de la financiación de la misma y podrán de nuevo los peregrinos caminar desde la higuera del poeta hasta su tumba.
¿Pero, cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Cómo consiente esto una juventud que debería ser la más politizada e informada de la historia? Quizás porque el ejercicio de memoria en España ha sido muy débil durante décadas. El legado de cuarenta años de dictadura y una transición que no realizó una revisión profunda de responsabilidades, permitieron un continuismo institucional que hoy pasa factura. Aunque se ha avanzado en la desmitificación del relato franquista gracias a leyes de memoria y la apertura de fosas, es posible que estos esfuerzos hayan llegado tarde para una parte de la juventud desconectada de todo esto.
Creo que el papel de periodistas, historiadores y archiveros debe ser más crítico que nunca y debemos contestar con la verdad, responder con el peso de los documentos y confrontar con información veraz. No debemos tolerar que se menoscaben los principios democráticos y la memoria histórica a aquellos que utilizan la libertad de expresión para dinamitarla desde dentro. Como decía la paradoja de Popper, una sociedad ilimitadamente tolerante acaba siendo destruida por los intolerantes; la sociedad debe reservarse el derecho a no tolerar la intolerancia cuando esta amenaza las bases del diálogo racional y la libertad.
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