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Plegaria en una cultura tecnológica

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25.03.2026

25 de marzo 2026 - 03:05

Señor, como bien sabes, vivimos unos tiempos complicados, aunque no sean los peores de la historia humana, pesan y producen demasiados sufrimientos y desesperanzas! A ti recurro en estas horas para rogarte que nos ayudes, –no en todo, para algo existe la libertad–, especialmente en superar esa nueva plaga o pandemia a la cual llaman soledad, aislamiento, individualismo y otros términos que significan lo mismo.

La soledad, Señor, es una amenaza para las personas inteligentes.

Es un enorme fastidio para quienes estuvieron acompañadas y no habían conocido jamás el sentimiento del abandono.

La soledad es una necesidad imperiosa cuando vives rodeado de tanta gente que no dice nada: ruidos, ruidos, ruidos.

La soledad es el bien más preciado del ermitaño, aquel que se entiende directamente con la naturaleza y con la divinidad, es decir, contigo.

La soledad se transforma en tormento cuando es la muerte, la que ha segado una presencia que creíamos eterna.

La soledad es una mezcla de razones poco razonables. ¿Quién no se siente perdido en un mundo que avanza o retrocede a un ritmo desesperante?

La soledad va unida a las imposiciones del capitalismo como algo que nos ha convertido en seres consumidores que habitan en viviendas imposibles, donde el diálogo es inexistente, y la agresividad está en todas partes. Han convertido el dinero en el único dios verdadero, alejándose de tus principios evangélicos, además debemos soportar que se llamen creyentes. Son partidarios del individualismo feroz.

La soledad abre las puertas a problemas de salud mental cuando no es elegida.

Cuando te ayuda a plantar cara al gregarismo que es la base de comportamientos inhumanos y retrógrados, la soledad es una bendición.

Ya ves cómo es nuestro panorama de cada día.

Te pido fuerzas para no dejarme arrastrar por una cultura que convierte nuestros corazones, nuestra solidaridad, nuestra sensibilidad, nuestra sabiduría, en acontecimientos virtuales: todo está en la red o en la IA. Todo menos nuestra mirada perdida, perpleja, que se convierte en real cuando se acerca otro ser humano y te dice ¿cómo estás?

Bueno, Señor, haz lo que puedas y nosotros seguiremos luchando con todas nuestras fuerzas. ¡Gracias!

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