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El velo, el Estado y la ilusión de la liberación

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22.02.2026

Opinión El velo, el Estado y la ilusión de la liberación

“No puedes confiar en tus ojos cuando tu imaginación está desenfocada”. Mark Twain. 

Cuando se carece de una lengua común, el cuerpo se convierte en el diccionario al que se recurre primero. Pero los gestos con las manos son cosas traicioneras, volubles. Son embajadores mercuriales capaces de transmitir mensajes completamente distintos dependiendo del lado de la frontera en el que uno se encuentre. Los ojos, en cambio, son otra cosa. Son el único elemento del rostro humano que ha resistido todos los intentos —culturales, teológicos o sartoriales— de volverlo opaco. Delatan la alegría antes de que la boca haya decidido sonreír. Confiesan la confusión mucho antes de que la voz esté dispuesta a admitirla. Y expresan compromiso antes de que pueda asentarse la duda.

En aquella aula de Saná, Yemen, aprendí a leerlos como nunca antes había necesitado hacerlo. Y lo que leí allí nunca me ha abandonado del todo. Dentro de su represión, utilizaban cualquier herramienta que les permitiera superar las barreras patriarcales que se les imponían. Si eso significaba llevar una cortina negra, que así fuera.

Y, sin embargo, la experiencia complica la certeza. Porque cuando observo el debate que hoy se desarrolla en España —un debate formulado en el confiado vocabulario de la liberación, la prohibición y el orden público— no puedo evitar pensar en aquella aula de Saná y en las decenas de jóvenes que navegaban un mundo mucho más restrictivo de lo que Europa podría imaginar. Recuerdo cómo algunas reían en voz alta y sin disculparse, incluso quitándose el velo una vez cerrada la puerta del aula. Recuerdo cómo otras discutían con ferocidad sobre ejercicios de gramática, sobre política, sobre si debían solicitar becas en el extranjero. Y recuerdo, sobre todo, la incómoda constatación de que la tela negra que a mí me parecía el símbolo más visible de su restricción no siempre era la restricción que más definía sus vidas.

Esto no convierte la prenda en inocente. Aunque algunas mujeres puedan reivindicarla como una elección personal, su origen y su uso continuado como instrumento de control del cuerpo femenino no pueden ignorarse. El burka y el niqab no surgieron de un despertar feminista ni de ningún florecimiento espontáneo de autonomía femenina. Histórica y sociológicamente, son inseparables de los sistemas patriarcales que buscaron —y siguen buscando— regular el movimiento, la visibilidad y la presencia social de las mujeres. Negarlo es entregarse a una ficción reconfortante.........

© El Salto