La guerra de Irán vista desde Pekín
El alto el fuego en Irán no significa necesariamente el final de la guerra. No está claro que las negociaciones permitan llegar a un acuerdo. En todo caso, el desarrollo del conflicto durante estas cinco semanas probablemente haya sido contemplado en China con cierta incredulidad. En Pekín no resulta fácil entender que una gran potencia haya podido actuar con ese grado de irresponsabilidad y de incompetencia. La ausencia de objetivos claros, las declaraciones contradictorias, la ineptitud para entender la naturaleza del régimen iraní y su capacidad de resistencia. Una capacidad de resistencia que el propio Trump ha estimulado con comentarios como el de que Irán será devuelto a la Edad de Piedra, "a la que pertenece". Ese es el mayor insulto que se puede hacer a los iraníes, que se consideran herederos de la gran civilización persa.
Se alcance o no un acuerdo tras el alto el fuego, los dirigentes chinos posiblemente piensen que el conflicto terminará de manera desfavorable para los intereses norteamericanos. Ninguno de los supuestos objetivos mencionados por Trump al comienzo de la guerra parece estar a su alcance. Ni el cambio de régimen, ni la eliminación de la red de aliados regionales de Irán, ni la destrucción de su fuerza de misiles, ni la terminación de su programa nuclear con la localización y evacuación de los 400 kilogramos de uranio enriquecido en su poder. Las declaraciones de Trump durante el conflicto han hundido aún más su imagen internacional.
Mientras tanto, Irán siente que ha salido fortalecida de la guerra. Ha sido capaz de plantar cara a la abrumadora superioridad militar de Estados Unidos e Israel. El cierre del estrecho de Ormuz es un problema que no existía antes del inicio de la guerra, y que en el futuro puede darle a Teherán un instrumento de disuasión superior incluso a la posesión de armas nucleares, porque su uso no tiene las mismas implicaciones.
Los dirigentes chinos aprecian sin duda el daño que la guerra puede causar a la posición internacional y a la credibilidad de Estados Unidos. En primer lugar con sus aliados europeos, cuyo rechazo a la guerra ha llevado a Trump a mencionar la posibilidad de abandonar la OTAN. Este sería el mayor regalo de Navidad imaginable para Rusia y para la propia China, que en años recientes ha contemplado con horror la idea de que la Alianza tratara de fortalecer su presencia en Asia Pacífico, especialmente su cooperación con sus principales adversarios en la región: Japón, Corea del Sur y Australia. Hace tiempo que el objetivo de la política china hacia Europa es separarla todo lo posible de Estados Unidos.
También en Oriente Medio, donde están convencidos de que Trump ha sido arrastrado a esta guerra por Netanyahu. Allí ven a Estados Unidos cumpliendo obedientemente la agenda extremista del actual gobierno israelí, que ha destruido Gaza y trata de hacer lo mismo con el sur del Líbano. El objetivo de la guerra era aniquilar a Irán, el único obstáculo que le queda a Israel para consolidar su papel como gran hegemón regional. En los países de la zona el amor a Irán es muy limitado, pero todavía es menor el aprecio al actual gobierno israelí. Por eso pueden ver con agrado un revés de EEUU que agriete seriamente ese proyecto. Al mismo tiempo, ese fracaso podría desestabilizar aún más toda la región y provocar una carrera de armamentos en la que Irán y otros países trataran de dotarse del arma nuclear.
Para no mencionar el rechazo interno a la guerra en los propios Estados Unidos, con el alza de los combustibles en un año electoral. Si a los chinos hay algo que no les falta es memoria histórica. Muchos pensarán que a Donald Trump puede acabar pasándole lo mismo que a Jimmy Carter —un presidente ideológicamente en sus antípodas—, cuya presidencia quedó arruinada por una fallida operación en el desierto iraní destinada a rescatar a los rehenes de la embajada norteamericana en Teherán.
Más allá del cálculo político, para los dirigentes de Pekín el hecho de que una gran potencia se comporte de esta manera no es presentable, no es serio. Piensan que Donald Trump cree que con su potencia militar puede arreglarlo todo. Exactamente lo opuesto de lo que proponía Sun Tzu en El arte de la guerra. Su fórmula consistía en ganar las guerras sin llegar a utilizar la fuerza, convenciendo al adversario de que tu superioridad es tal que no tiene nada que hacer contra ti. Eso exige la capacidad de combinar superioridad militar y diplomacia. Pero Estados Unidos perdió la paciencia (la virtud más recomendada por el estratega chino del siglo VI a.c.) y desencadenó dos ataques contra Irán cuando las negociaciones entre ambos países parecían estar avanzando.
China ha contemplado impasible cómo su aliado iraní ha sido atacado dos veces por Estados Unidos. Un aliado al que hizo miembro de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghai, con el que ha firmado un Tratado de Cooperación Estratégica "válido para épocas de buen tiempo y de mal tiempo", y al que le estaba comprando hasta empezar el conflicto el 13% de sus suministros de petróleo. China no se ha implicado en el conflicto. Es consciente de que carece de capacidad militar para enfrentarse a Estados Unidos en Oriente Medio, y además no tenía ningún interés en hacerlo. A China le importa proteger sus propios intereses y nada más. Y sus intereses están en continuar desarrollando sus fuerzas armadas, su economía y su capacidad tecnológica, que es la única manera de hacerse fuerte para poder hacer frente a Estados Unidos.
Es cierto que Asia ha sido la región más afectada por el cierre de Ormuz, pero la posición de China es relativamente confortable. Desde hace años ha acumulado unas reservas de combustible gigantescas, que le permiten tener aseguradas sus necesidades para varios meses. Dispone además del suministro garantizado de gas y petróleo ruso. Ha desarrollado enormemente las energías renovables y la nuclear, y posee inmensas reservas de carbón.
China empezaría a sufrir más si el cierre de Ormuz se prolongara, tanto por la reducción del suministro de crudo como porque ese cierre provocaría el colapso de los mercados globales de los que dependen sus exportaciones. Esto puede explicar que haya intervenido ante las autoridades iraníes para que acepten el alto el fuego. Una intervención que además fortalece su imagen internacional, lo contrario de lo que ha sucedido con la de EEUU.
China aprecia que el conflicto con Irán mantenga a Estados Unidos ocupados lejos de Asia. La guerra ha vaciado además los arsenales norteamericanos, lo cual puede resultar relevante en un hipotético enfrentamiento sobre Taiwan. Los dirigentes chinos piensan además que esta guerra fortalece su posición sobre Taiwan y debilita la de EEUU. Xi Jinping podría tratar de aprovechar esta situación para intentar obtener el apoyo de Trump a una reunificación pacífica. Es posible que se lo plantee cuando vaya a Pekín en mayo, en la visita que hubo de aplazarse a causa de la guerra. En Pekín consideran que después de atacar Venezuela e Irán Estados Unidos no estaría en posición de reprocharles nada si ellos invadieran Taiwan, a la que además consideran parte de su territorio. China podría decir a Estados Unidos que no desea atacar Taiwan, pero que a cambio de eso espera su apoyo a una reunificación pacífica con la isla. En caso contrario mantendría todas las opciones abiertas.
En conjunto, China está convencida de que esta guerra va a debilitar políticamente a EEUU, y que eso beneficia a China. La ve como parte de un proceso histórico marcado por el ascenso de Oriente y el declive de Occidente. Siente que en ese proceso China está del lado correcto de la Historia.
Pero al mismo tiempo, en Pekín posiblemente exista también una profunda preocupación. China se ha beneficiado enormemente del orden internacional vigente, del proceso de globalización, de la libertad de navegación y de las cadenas de valor a escala mundial. Nada de esto hubiera sido posible sin un orden global predecible y estable, del que Estados Unidos ha sido su garante principal. El comportamiento actual de Washington, sus ataques al libre comercio y el uso o la amenaza de la fuerza cada vez que lo considera oportuno pueden poner en peligro ese orden y conducir al caos, y el caos no interesa a China. Pekín sigue buscando cambiar el orden internacional para hacerlo más ajustado a sus intereses. Pero en este momento su principal objetivo no es cambiar ese orden, sino evitar que se desmorone por las acciones de Estados Unidos.
