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El tejido del alma: Sostenerse cuando el suelo se mueve | Por: José Luis Colmenares Carías

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03.07.2026

Tras el sismo del pasado 24 de junio, es completamente natural que busquemos refugio en las pantallas, rastreando datos, reportes y réplicas para intentar asimilar lo ocurrido. Sin embargo, el inventario de los daños materiales no alcanza a calmar la réplica que persiste por dentro, allí donde el piso y el techo se movieron literalmente y la fragilidad humana dejó de ser un concepto abstracto para convertirse en una realidad inevitable.

Un fenómeno de esta magnitud escala de golpe cualquier teoría sobre la estabilidad y nos confronta con lo impredecible, obligándonos a soltar la ilusión del control total. ¿Cómo observar este sismo psíquico y relacional sin desgastarnos en la frustración de perder el control? Quizás la respuesta no esté en buscar certezas externas, sino en comprender qué nos ocurre cuando el suelo, literal y metafóricamente, deja de ser un lugar seguro.

De golpe, la cotidianidad nos arrojó al núcleo de lo que el marco estratégico Cynefin define como el cuadrante del Caos: ese territorio donde las reglas conocidas se suspenden, las causas se divorcian de los efectos y las instituciones tradicionales no alcanzan a contener la incertidumbre. Vivir en un entorno BANI —Frágil, Ansioso, No lineal e Incomprensible— ya no es una definición académica para los venezolanos; es la textura misma de nuestro día a día tras el quiebre.

En esta vulnerabilidad, las certezas tradicionales se suspenden ante una fragilidad institucional que, desdibujada en su capacidad de respuesta, deja al desnudo la........

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