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Esperanza radical: imaginar futuros cuando nada los garantiza | Por: Arianna Martínez Fico

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25.06.2026

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Por: Arianna Martínez Fico

Hay palabras que utilizamos con tanta frecuencia que corremos el riesgo de vaciarlas de sentido. Esperanza es una de ellas. La invocamos en discursos, la repetimos en tiempos difíciles, la deseamos cuando la incertidumbre aprieta. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntarnos de qué hablamos realmente cuando hablamos de esperanza.

Hace unos días tuve la oportunidad de escuchar en Madrid al filósofo Francesc Torralba en una conferencia sobre la esperanza en tiempos inciertos. Me conmovió, sobre todo, la manera en que se acercaba a una palabra tan usada sin reducirla a consigna, autoayuda o pensamiento positivo. Mientras lo escuchaba, pensaba que ese es, quizás, uno de los regalos de la filosofía: devolver la hondura de las palabras que usamos todos los días y creemos comprender.

Y la verdad es que la esperanza necesita ser pensada con más cuidado, especialmente en una época como la nuestra. Vivimos rodeados de incertidumbre: guerras, polarización, aceleración tecnológica, crisis democráticas, deterioro ambiental, fragilidad institucional. También, en lo personal y organizacional, atravesamos pérdidas, reinvenciones, duelos, cambios de rumbo y preguntas para las que no siempre tenemos respuesta. En medio de todo eso, la esperanza aparece con frecuencia como una palabra amable, casi decorativa. Pero estoy convencida que es mucho más que eso.

Tal vez el primer paso para comprenderla sea aclarar lo que no es. La esperanza no es ingenuidad. No es una forma pueril de mirar el mundo ni una negación de la dificultad. Tampoco es consuelo fácil u optimismo automático, esa convicción apresurada de que todo saldrá bien. Y desde luego no es espera pasiva. La espera se sienta. La esperanza, en cambio, se mueve. No se apoya en garantías ni evidencias concluyentes. Se atreve a actuar, a sostener un horizonte y a comprometerse con él incluso cuando todavía no existen pruebas suficientes de que llegará a realizarse.

Quizás por eso me atrae tanto la idea de la esperanza radical como una capacidad profundamente humana de imaginar y cultivar futuros posibles cuando nada los garantiza.

Cuando los mapas dejan de servir

La idea de una esperanza que convive con la incertidumbre me llevó hace un tiempo al libro Radical Hope, del filósofo y psicoanalista Jonathan Lear. En él narra la historia de Plenty Coups, jefe de la nación Crow, y la forma en que su pueblo enfrentó el colapso de un mundo entero. Con la desaparición de los bisontes y el avance devastador de la colonización, los Crow no estaban perdiendo solamente una fuente de alimento o una forma de subsistencia. Estaban perdiendo el tejido mismo de su cultura: sus prácticas, sus referencias, sus modos de vida, su manera de comprender el mundo y de proyectarse hacia el futuro.

Lo que Lear llama esperanza radical aparece precisamente allí, cuando el mundo conocido deja de ofrecer certezas y los viejos mapas ya no sirven para orientarse. No se trata de confiar ingenuamente en que todo saldrá bien, sino de sostener una orientación hacia el futuro incluso cuando todavía no somos capaces de nombrarlo con claridad. Cuando las categorías que nos organizaban se desmoronan, la esperanza radical consiste en seguir creyendo que la vida puede abrir caminos que todavía no alcanzamos a imaginar.

Esta no es solo una historia del pasado. Esa conversación también nos pertenece. Hoy también muchos de nuestros mapas se han quedado cortos. Las organizaciones intentan responder a desafíos inéditos con modelos pensados para otros contextos. Las democracias se resienten, la conversación pública se polariza, la tecnología transforma a una velocidad vertiginosa la manera en que trabajamos, aprendemos y nos relacionamos. En la vida personal........

© Diario de Los Andes