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Cuando la estrategia necesita imaginación | Por: Arianna Martínez Fico

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11.06.2026

En el último año me han pedido, cada vez con más frecuencia, acompañar a organizaciones públicas y privadas en conversaciones sobre creatividad e innovación. Lo curioso es que pocas veces la solicitud llega formulada de esa manera. A veces aparece como la necesidad de fortalecer la visión estratégica, anticipar escenarios, diseñar nuevos servicios, reinventar modelos de trabajo o encontrar respuestas a desafíos cada vez más complejos. Detrás de todas esas peticiones suele haber una inquietud común: la necesidad de pensar diferente.

La semana pasada facilité un taller sobre mentalidad estratégica para una organización con una enorme responsabilidad e impacto en el país. Aunque el foco estaba puesto en desarrollar visión estratégica, rápidamente la conversación nos llevó a otro lugar. Comprendimos que resulta difícil imaginar futuros distintos cuando intentamos leer lo emergente con mapas diseñados para otros territorios. Por supuesto que la estrategia requiere análisis, perspectiva y capacidad de anticipación. Y también demanda imaginación.

Durante décadas nos enseñaron a pensar fuera de la caja. Hoy el desafío es aún mayor: aprender a pensar sin caja.

Vivimos una época en la que los cambios tecnológicos, sociales, económicos y culturales avanzan a una velocidad que desafía nuestras certezas. Las respuestas que funcionaron ayer pierden vigencia con rapidez y los mapas conocidos dejan de ofrecer orientación suficiente. En este contexto, la creatividad aparece como una capacidad estratégica. Una forma de ampliar posibilidades, conectar ideas aparentemente inconexas y construir caminos donde todavía no existen.

La mayoría de las personas posee mucho más potencial creativo del que imagina. Desde mi experiencia acompañando líderes, equipos y organizaciones, encuentro que el verdadero desafío rara vez está en la ausencia de ideas sino en la dificultad para mirar perspectivas nuevas, cuestionar supuestos profundamente arraigados y explorar territorios que aún no tienen respuestas claras.

Quizás por eso la innovación comienza mucho antes que las metodologías, los laboratorios o la tecnología. Comienza en nuestra capacidad para hacernos preguntas diferentes y cuestionarlo todo.

Cuando descubrí que pensar e imaginar también podía aprenderse

Hace muchos años tuve la suerte que la vida me hiciera coincidir con Beatriz Capdevielle. Ella había trabajado muy cerca de Luis Alberto Machado, quien fue Ministro para el Desarrollo de la Inteligencia en Venezuela, iniciativa muy visionaria para ese tiempo que partía de la convicción poderosa de que la inteligencia y la creatividad pueden desarrollarse. Machado sostenía una idea revolucionaria: la inteligencia no es un privilegio reservado para unos pocos, sino un potencial humano susceptible de desarrollarse. Su sueño era democratizar la inteligencia, poner el conocimiento sobre cómo aprendemos y pensamos al servicio de todos. Para él, cada persona podía y tenía el derecho a ser inteligente.

Cuando conocí a Beatriz, a principios de los años noventa, trabajaba en un proyecto educativo orientado a fortalecer las habilidades de pensamiento en la Sudáfrica post apartheid. Mientras muchos intentaban reconstruir instituciones, ella apostaba por algo más grande: desarrollar la capacidad de los seres humanos para pensar mejor, crear nuevas posibilidades y ampliar los mundos que podían habitar.

Quedé fascinada. Me resultaba tan esperanzador que el futuro de una sociedad pudiera transformarse ampliando la manera en que sus ciudadanos observaban, comprendían e imaginaban el mundo. Dejé todo para trabajar con ella y, desde entonces, el desarrollo del pensamiento, el aprendizaje y la creatividad se convirtieron en parte fundamental de mi camino profesional.

Mucho antes que la innovación ocupara las agendas estratégicas de las empresas, descubrí, trabajando para escuelas públicas venezolanas, que la creatividad no es un don misterioso reservado para artistas, inventores o genios excepcionales. Es una capacidad humana que puede cultivarse, entrenarse, fortalecerse y ponerse al servicio de los desafíos que enfrentamos.

Aquellos años me........

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