No es no a la guerra
Una guerra está captando la atención de todos los ciudadanos en el mundo, con miedo, preocupación e incertidumbre. España se opone a la guerra en Irán y niega el uso de las bases de Rota y Morón a EE.UU. Es una decisión inédita, enérgica y jurisprudencial que ha llevado a otros países a tomar conciencia, como Meloni en Italia, rompiendo el eje ultra en la Europa más trumpista.
La discrepancia entre Sánchez y la oposición es total. Pero, según un sondeo flash de El País, hay casi un 70% de apoyo social al no del Gobierno, y un fuerte rechazo a la postura de Feijóo, partidario de los ataques y contrario a negarle las bases a Trump, que tachó a España de “aliada terrible y perdedora” y amenazó con cortar la relación comercial. No satisfecho con ello, el PP propagó el bulo de Robles, con el comentario incierto “yo estoy con Trump, de la ministra de Defensa al embajador americano, cuando en realidad, le dijo “yo estoy cómoda”, sobre la calefacción de su despacho.
Del no es no de Sánchez a Rajoy en 2016 a este “no a la guerra” de 2026 hemos dado un salto de una década. Sánchez resucita el lema de las protestas de 2003 contra la invasión de EE.UU. a Irak, y la decisión de Aznar de llevarnos a una guerra fraudulenta sin armas de destrucción masiva. El no a la guerra, un lema con sabor a magdalena anímica y nostalgia proustiana, sorprende al PP celebrando el 30 aniversario de la victoria de Aznar, con esa sombra del fiasco de Irak, ahora que la de Irán es también una guerra ilegal y falsaria, sin permiso de la ONU ni del Congreso americano. Entre las víctimas, el derecho internacional.
No es que esta ola nos empuje a elecciones, como se dijo en el no de Sánchez al genocidio palestino. Ya están las urnas convocadas por el PP en Castilla y León, en siete días, y en Andalucía en junio. El no a la guerra llevará a unas elecciones generales si Feijóo y Abascal tensan las encuestas y caen.
Irán no es todavía una guerra mundial, pero la invoca. Oriente Medio era el polvorín perfecto en cuanto saltara la primera chispa en el cinturón de fuego de la región, donde se dan cita el odio, la atrocidad y la opulencia humana. El ataque irrumpió en mitad del farol de unas negociaciones, lo que se conoce como crimen de guerra de perfidia.
Si el papa Francisco viviera, diría que los hechos le dan la razón: esta es una tercera guerra mundial a pedacitos”. Enseguida se extendió al Golfo, saltó al Líbano, Turquía y Chipre, entre secuelas de falsa bandera a cargo de Israel, que tienta a la OTAN a intervenir bajo el artículo 5 de mutua defensa. Ni China ni Rusia planean intervenir, pero están, pertrecharon antes a Irán.
Asumimos que vamos sumando guerras de alforja: Ucrania, Irán, Gaza, que nunca acaba, Yemen, Sudán, Congo… Habrá una crisis financiera y energética -que exigirá un escudo social como en la pandemia- y será una bomba de relojería a medida que el fuego y los contendientes aumenten. Una guerra prolongada entraña el peligro de que Tel Aviv o Washington, con las reservas exhaustas, usen bombas nucleares tácticas, menos devastadoras que las estratégicas, pero con dientes de sable del diablo. Y las manecillas del reloj de Chicago habrán llegado entonces a la fatídica medianoche.
No era Putin el único señor de las moscas. No contábamos con Netanyahu y Trump, que corren juntos contra reloj, calle abajo en las encuestas, hacia elecciones en octubre y noviembre, a riesgo de perder el poder y poder perder las causas judiciales pendientes. Que estos bombardeos a espuertas perseguían poner fin al programa nuclear iraní y al régimen feroz de los ayatolás era, pues, una verdad a medias. También a Trump le persiguen los archivos de Epstein, con acusaciones de menores que acaban de salir a la luz tras la cortina de humo de esta guerra.
Matar a Jamenei y salir el pueblo a la calle a tomar las riendas contra la tiranía sería todo uno, pero no sucedió; el viejo ayatolá (86 años), acaso enfermo, esperó sentado a las bombas en su despacho para morir como un mártir. Trump, como Putin en Ucrania, erró el cálculo. No ha sido Maduro en Venezuela, un golpe de efecto, sino es una guerra de desgaste, la peor conjetura del Pentágono: otro Irak, Bush, Blair y Aznar, el trío de las Azores. El Trump del asalto al Capitolio, con más edad y deterioro, es el que bombardea Irán como si estuviera bombardeando EE.UU. en su cabeza distorsionada, que teme perder las elecciones de medio mandato.
Sánchez se ha puesto al frente del no a esta guerra protomundial, que estalla con un Trump de fin de ciclo y amenaza a la ultraderecha rampante. Es un David contra Goliat que no tiene “malas cartas”, en el argot de tahúr de su oponente. Es un no a la guerra que recuerda al yankee go home de los años 60 y 70 contra las bases USA en la España franquista, y al antibelicismo coetáneo en EE.UU. por la guerra de Vietnam. De ahí que el lema sanchista no solo desentierre los recuerdos de Irak en España, sino también un sentimiento pacifista americano que estaba dormido desde hace medio siglo.
