El emigrante de éxito que nunca quiso ser un fanfarrón
El adiós de Elías Bacallado me parece una noticia falsa. Como el día que se fue su gran amigo, Pedro Rodríguez, el mejor urólogo del mundo, que lo estaba esperando. A los dos les tenía un gran cariño. Hace una década, me tocó ayudar a Elías a pelear con los olvidos.
Elías entró por el Mencey con cierta hipotonía al andar y una cara asustada. Le costaba sonreír, pero estaba vivo. Era la tercera vez que le pasaba el tren por encima. Y aquel día empezó a despertar de los letargos en una neblina de cabos sueltos, con el fin de escribir las memorias de un hombre desmemoriado, como decían Galdós y Padrón Machín, que finalmente pudimos publicar en la Fundación DIARIO DE AVISOS.
La esposa de Elías, Mila, y Elías hijo me insistieron en que tuviera paciencia, porque los ictus -iba por el tercero y le aguardaban unos cuantos más- no habían podido con él, pero sí con sus recuerdos deslavazados.
Lo que más sorprendía en Elías Bacallado era la puntería de arquero, el sigilo y la autoconfianza. Había intervenido decisivamente en tres operaciones de envergadura que resistieron el paso del tiempo, como su propia vida. Refundó un periódico, DIARIO DE AVISOS, que data de 1890 y sigue tan campante; creó con otros un partido, ATI, germen de las AIC y Coalición Canaria, que hoy preside el gobierno de las Islas, y un banco, la Caja Rural, la actual Cajasiete, que también continúa en pie como el primer día.
Éramos gente que nos caíamos bien. En un viaje inaudito a las antípodas, a las islas indonesias de Java y Bali, compartimos lo que más nos unía, la curiosidad. Por Yakarta, islámica y populosa, que rezaba cinco veces al día, al llamado del almuédano desde el minarete, que era algo espectacular. Y por la cultura hindú de los balineses, con sus velatorios de Carnaval y los monos quisquillosos de Ubud.
Elías disfrutaba como un niño y solía ponerse una camisa blanca que le rejuvenecía como un galán. En Venezuela había desplegado todos sus encantos de emprendedor. El primer día de trabajo como repartidor de un almacén, el jefe se le quedó mirando y él, todavía no era un hombre, se puso algo nervioso, distribuyó mal la carga, perdió el equilibrio y se cayó.
No volvió a caerse más nunca. Era un hombre increíblemente decidido, inasequible al desaliento, y aliado con la suerte. De los emigrantes que hicieron fortuna, sin convertirse en un “fanfarrón”, esto me lo repetía a menudo. La realidad era que no se marchó por necesidad.
Tenía unos padres que se ganaban la vida, a la familia no le iba mal, pero el viento de cola que le empujaba con furia lo llevó un día al muelle a preguntar casi sin saber por qué, “¿cuándo sale el barco para allá?”
Tenía 17 años, y no dijo nada a nadie -su madre no tardó en reunirse con él, porque eran uña y carne-. Viajó clandestinamente en las bodegas del barco, a la buena de Dios, sin saber que entre los polizones había un asesino, y desembarcó en La Guaira disfrazado de marinero. Pero Elías era un aventurero, no quería ir a Venezuela, y se quedó diez años.
Un día que regresó a la isla, de vacaciones, no lo dejaron marcharse más. En España, con Franco, si te decían que te quedaras para ser alcalde de tu pueblo, no podías negarte. Esa es la explicación de sus veinte años al frente del Ayuntamiento de El Rosario, donde hizo historia en el municipalismo canario y cedió terrenos a Santa Cruz, que lo nombró alcalde honorario. Emigrante, empresario, político, editor, y, en los años de Caracas, ‘bon vivant’, iba a vivir 93 años, con la pasta longeva de su madre Felicia.
El libro de sus memorias -la reconstrucción inexacta de su vida- lo tituló Lucas Fernández con cuatro palabras que lo definen: Gracias a la vida. Elías me confesó que vendió el periódico a Lucas con la corazonada de que le estaba confiando la niña de sus ojos a alguien que era como él, “un emprendedor sin miedo”.
Al releer nuestro libro, me ha parecido una novela de hechos reales, cuando esa no fue nuestra intención. De manera que puede decirse que la vida de Elías Bacallado Hernández, investido de una innata vocación polifacética, transcurrió como una novela de verdad. Me tocó sonsacarle esa vida, cuando estaba recién salido del tercer ictus, los tres tristes tigres que le habían cortado las venas de la evocación.
Me atrapó desde el primer día haciendo encaje de bolillos con los recuerdos truncados, y, a veces, el revelado de aquella desmemoria me traía recuerdos a mí mismo de cosas que había olvidado, pues Elías era un personaje de la segunda mitad del siglo XX, mi mediosiglo, y yo me había criado al lado de mi madrina Virginia, que era retornada y no lograba calmarse la nostalgia de Venezuela.
Los dos luchamos codo con codo contra el virus informático del ictus que había borrado gran parte de sus archivos. Y Elías sacaba a flote referencias de los dos dictadores que le tocó lidiar, Franco y Pérez Jiménez. Si tenía que quedarse con uno, elegía al venezolano. A él, Franco – al que de niño lo eligieron para dirigirle unas palabras subido a un taburete, camino de Las Raíces- le “daba igual, le sacaba perras para mi pueblo, que era pobre”.
Yo lo apuntaba todo en un cuaderno azul de argollas, cuando se quedaba callado, cuando de repente sonreía y cuando lo notaba volando con la imaginación hacia Venezuela -el lugar que lo retuvo y no le dejó marcharse a Canadá-, donde se veía corriendo por las calles, echando de menos a sus seres queridos en Tenerife, perseguido por unos tipos que eran “gente atravesada”. Me dijo, “la vida es una carrera de obstáculos”. Y me asombró, de pronto, la lucidez con que lo dijo. Contó la historia. Saltó un muro de un chalet y se quedó callado como un muerto. Los oía maldiciendo que se les había escapado. Pensó que lo querían matar y que lo había salvado la Virgen del Coromoto.
Elías era un superviviente feliz de la generación de la isla de los días de antes. Quería mucho a los suyos, a la mujer de su vida, al hijo único, y a los vecinos de su arcadia, que se protegen del frío con una manta. Me decía que se sentía orgulloso de haber llevado la manta esperancera del gallinero al palco social. Cuando recibió el Premio Taburiente de esta casa, que era la suya, yo sabía que tenía méritos de sobra.
Y ahora que se ha ido, me parece mentira. Teníamos pendiente un encuentro para retomar el hilo de las historias que le gustaba contar, las de Amaro Pargo, las extrañas vicisitudes y premoniciones que los ictus no borraron de su disco duro, y aquellos seres mágicos del pueblo, como el curandero que tenía tres cuervos, paseaba de noche y curaba a las vacas y las gentes. Se nos fue el hombre con el último ictus, como si se hubiera olvidado de vivir, cosa que dudo mucho.
