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Estados Unidos primero, la ley después: La amenaza contra Irán y el discurso de coerción

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30.01.2026

El ataque a las instalaciones nucleares y el patrón general de desprecio por la soberanía no son anomalías, sino expresiones de una transformación más profunda en la que se permite que el poder anule las reglas y se utiliza la retórica moral para legitimar prácticas que socavan los mismos valores que dice defender.

La política de Estados Unidos hacia Irán bajo la segunda administración Trump se ha enmarcado en un lenguaje saturado de reivindicaciones morales vacías e infundadas, en particular el lenguaje de los derechos humanos, el apoyo a la gente común y la supuesta necesidad de acciones firmes, e incluso excepcionales, contra lo que Washington describe como un régimen peligroso e ilegítimo.

Sin embargo, un análisis más detallado revela una profunda brecha entre este discurso y las prácticas reales y la lógica estratégica de la política estadounidense. En lugar de reflejar un compromiso consistente con los valores humanitarios o el Estado de derecho, el enfoque estadounidense ilustra un patrón más amplio: la instrumentalización del lenguaje moral para legitimar el unilateralismo, la coerción y la constante erosión de las normas jurídicas internacionales.

El ataque a las instalaciones nucleares iraníes, el uso extensivo de sanciones y el abierto desprecio por la soberanía en otros casos -como el de Venezuela- no son incidentes aislados. Forman parte de una visión coherente —aunque profundamente preocupante— del orden internacional en el que el poder prevalece cada vez más sobre las normas.

En el centro de la narrativa de Washington se encuentra una maniobra retórica familiar: la separación entre “el pueblo iraní” y “el régimen iraní”.

Los funcionarios estadounidenses insisten en que su conflicto no es con la sociedad, sino con el Estado, y que la presión busca empoderar a la población y, al mismo tiempo, debilitar una estructura política opresiva. Esta distinción permite a los responsables políticos presentar las medidas coercitivas como actos de solidaridad, no como castigo.

En la práctica, sin embargo, las sanciones generalizadas, el aislamiento financiero y la presión militar no se limitan a las élites políticas. Reconfiguran economías enteras, socavan el acceso a bienes esenciales e imponen costos elevados y predecibles a la gente común. El lenguaje de “apoyar al pueblo”, por lo tanto, funciona menos como un compromiso ético genuino que como un escudo discursivo tras el cual se implementan políticas de presión colectiva.

Esta contradicción se hace especialmente evidente en el caso del ataque a las instalaciones nucleares de Irán. Cualquiera que sea la opinión sobre el programa nuclear iraní, el uso de la fuerza........

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