Fundamentos de la Ética y superación de la Moral en perspectiva ecomunitarista
Aquí reiteramos conceptos que avanzamos en algunos de nuestros libros (en español y/o en portugués, por ejemplo, López Velasco 2003, 2009, 2017, 2024), agregando algunas aplicaciones de las tres normas fundamentales de la Ética; llamamos la atención hacia el hecho de que, como ya lo habíamos hecho antes, presentamos una variante en la deducción de la tercera norma fundamental de la Ética en relación a su primera explicitación (por ejemplo, en López Velasco 2003).
En el siglo XX, dentro de la llamada "cultura occidental", tanto el fracaso teórico y práctico de la ética de base religiosa, derivado del "desencantamiento del mundo" que se produjo con la expansión del capitalismo (en el que la Naturaleza pasa a ser "recurso humano para usar y desechar" cuando se trata de las personas, y "recursos naturales para usar y depredar" cuando se trata de la naturaleza no humana), así como la ruptura entre Ética y Ciencia (cuando esta última es transformada no solo en la principal fuerza productiva capitalista, sino también en un referente y modelo privilegiado de "conocimiento"), obligaron a la Ética a intentar reconstruirse urgentemente sobre nuevos fundamentos.
Ahora bien, precisamente en el momento en que el capitalismo alcanza su apogeo gracias a la sistemática subsunción de la ciencia como fuerza productiva-destructiva, y con ello se hacen evidentes los peligros de un holocausto socioambiental de la humanidad (holocausto que también puede sobrevenir por el uso de armas de destrucción en masa fabricadas a partir del conocimiento científico), la Ética parece desarmada para ofrecer una respuesta universal a los riesgos planetarios inherentes a la era de la ciencia al servicio del Capital. Con el "desencantamiento del mundo" que acompaña y refuerza el desarrollo del capitalismo, la Ética basada en la Teología ha sido herida de muerte por las críticas a su falta de universalidad, ya que la validez de sus propuestas se restringe al círculo de aquellas personas que comparten los supuestos religiosos transracionales en cuestión.
Ahora bien, como señala Karl-Otto Apel (1973), lo notable es que dos importantes perspectivas filosóficas no teológicas, desarrolladas con gran impacto y en aparente exclusión mutua durante el siglo XX, concluyen en la imposibilidad de una ética universalizable capaz de guiar nuestras acciones en el contexto del capitalismo transformado en un sistema mundial. Esta conclusión surge de la convicción, afirmada por diversos medios, de que es imposible hallar un fundamento último con valor intersubjetivo para las decisiones éticas individuales. Apel se refiere, por un lado, al existencialismo y, por otro, al positivismo lógico, el racionalismo crítico y la metaética; por mi parte, añado a este segundo campo la postura russelliana sobre la moralidad.
El existencialismo (y especialmente el del joven Sartre en "El ser y la nada", como él mismo admitió más tarde, en Sartre 1980), al afirmar la acción de un sujeto condenado a la libertad, que al actuar "construye" una ética a partir de cada una de sus decisiones auténticas, legitima el aislamiento mutuo de los individuos atomizados en el capitalismo y concluye en la imposibilidad de fundamentar una ética con validez intersubjetiva capaz de universalización.
El positivismo lógico (especialmente a través del famoso artículo de Rudolf Carnap de 1932, "Superando la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje"), que declara que solo las expresiones científicas tienen significado por ser verificables, relegó las expresiones éticas y morales al ámbito de la emoción individual; por lo tanto, al pertenecer (junto con otras, como las relacionadas con el arte) al dominio de la "falta de significado", no pueden ser objeto de discusión en términos de verdad o falsedad, y por consiguiente permanecen fuera del universo de la argumentación. Esta postura tuvo sus raíces en David Hume, quien estableció una distancia insalvable entre, por un lado, los hechos, que son objeto de la comprensión argumentativa y la razón, y, por otro, las valoraciones morales que se fundamentarían en el sentimiento. Así, por ejemplo, argumentó: "...la ofensa o la inmoralidad no son un hecho o relación particular que pueda ser objeto del entendimiento, sino que surgen enteramente del sentimiento de desaprobación que, por la estructura de la naturaleza humana, experimentamos inevitablemente cuando contemplamos la crueldad y la perfidia" (Hume 1752, Apéndice I). Nótese que el positivismo lógico coincide, contrariamente a las apariencias iniciales, con el existencialismo, en la medida en que, al dejar al sujeto libre para ser guiado en cuestiones éticas por su emoción, decreta la imposibilidad de establecer cualquier criterio argumentativo distintivo en materia de validez entre opciones éticas dictadas por diferentes "emociones".
El racionalismo crítico (cuyo mayor representante fue Karl R. Popper) es menos categórico que el positivismo lógico, pero no deja de reemplazar el "problema del significado" (de las oraciones) por el "problema de la demarcación", colocando las oraciones científicas como las únicas dignas de debate argumentativo porque son falseables (dejando así las expresiones éticas en tierra de nadie situadas al otro lado de la demarcación). Preguntado sobre el fundamento ético de la actitud argumentativa hacia las oraciones falseables, el racionalismo crítico responderá que la opción última por la razón (discursiva) debe considerarse irracional. Esto se debería a que la búsqueda argumentativa del fundamento de la adhesión a la práctica argumentativa conduciría al trilema cuyos tres vértices (todos ellos condenables a la luz de la lógica discursiva) son: la petición de principio (petitio principii), un círculo vicioso y la regresión ad infinitum.
Ante este trilema y la elección irracional de la razón, la ética, incluyendo aquella que sustenta y acompaña la lógica discursiva, queda desprovista de un fundamento universalizable último.
A su vez, la metaética derivada de la filosofía analítica temprana (la que se nutre del "Tractatus" de Wittgenstein) limita la ética a la actividad consistente en el análisis lingüístico de las oraciones morales, renunciando efectivamente a cualquier posibilidad de fundamentar las normas éticas con pretensiones universales. Bertrand Russell, fundador (junto con el Wittgenstein del "Tractatus") del atomismo lógico, problematiza pero acepta la distinción de Hume citada anteriormente, señalando claramente el relativismo y el subjetivismo en que cae la ética cuando intenta basarla en el sentimiento de "aprobación-desaprobación" de cada conciencia individual, que en última instancia se adhiere al enfoque subjetivista. Dijo: "Según esta teoría, hay un par de sentimientos opuestos que llamaremos ‘aprobación moral’ y ‘desaprobación moral’; cuando un individuo siente el primero de éstos, al examinar un acto en particular, estará en lo correcto al realizarlo; si siente el segundo, estará equivocado… [ahora bien] el cuáquero y el cazador de cabezas, cada uno de ellos actúa correctamente al seguir su propia conciencia: el cuáquero no mata cuando el gobierno dice que debe hacerlo; el cazador de cabezas mata a pesar de que el gobierno dice que no debe hacerlo;… [el problema es que] no se puede concebir un argumento válido con el que se pueda probar que un tipo de conciencia es moralmente superior a otro". Esta circunstancia lleva a la búsqueda de un criterio de "rectitud objetiva", y algunos han propuesto como respuesta una "intuición ética" especial.
Pero Russell argumenta que cualquier "intuición ética" singular de esta "rectitud" debe descartarse; primero porque a partir de ella "no podemos ser refutados, pero tampoco demostraremos que tenemos razón si tenemos que discutir con alguien que niega la intuición ética o tiene intuiciones diferentes a las nuestras"; y segundo porque cuando se examinan las causas de lo que se llama "intuición ética", se descubre que se refieren a influencias sociales o sentimientos personales a partir de los cuales el individuo caracteriza lo que "es correcto". Por lo tanto -concluye Russell-: "cuando digo que un acto es ‘objetivamente correcto’, en realidad estoy expresando un sentimiento, aunque gramaticalmente parezca que estoy haciendo una aserción [verificable]". Y concluye con un claro tono humeano y carnapiano: "De ello se deduce que el debate ético... difiere de la argumentación científica en que se dirige a los sentimientos, aunque pueda disfrazarse mediante el uso del modo indicativo". (Russell 1946, Parte I, Capítulo VI). En pocas líneas se configura aquí el dilema de la filosofía cuando el mundo necesita una ética a la altura de los desafíos (y amenazas) universales que plantea el capitalismo globalizado. Pero como las reflexiones de Russell resaltan claramente la dimensión lingüística del problema, también abren la puerta a la búsqueda de una solución del problema a través de la investigación sobre el lenguaje.
Ahora, Russell, considerando que "es evidente que, sea cual sea el significado de ‘deber’, tiene algo que ver con sensaciones y deseos", concluye proponiendo cuatro "frases éticas" basadas en el "sentimiento de aprobación" (nótese, como Hume) suscitado por "actos" cuyos "efectos" pueden ser "mejores", y comenta: "Estas definiciones y aserciones, si se aceptan, proporcionan un conjunto coherente de proposiciones éticas que son verdaderas (o falsas) en la misma acepción en la que se consideran las proposiciones de la ciencia" (Ibid., Capítulo IX). Y así queda también Russell limitado otra vez al terreno de los sentimientos cuando se trata de dirimir argumentativamente el choque entre expresiones éticas contrapuestas.
La Teoría de los Actos de Habla de John L. Austin dio un paso adelante respecto a la reflexión de Russell en la búsqueda de una solución al callejón sin salida mediante el análisis del lenguaje, al llamar la atención sobre la falacia descriptiva cometida por el análisis lingüístico reduccionista practicado por el atomismo lógico y el Círculo de Viena a la luz de la lógica formal, presente en los pasajes russellianos destacados anteriormente. Me interesa particularmente la teoría de Austin sobre las condiciones para la felicidad de los actos lingüísticos, a la que llegó en su camino hacia la sistematización de la gramática de los actos de habla. Austin demostró cómo la felicidad de un acto lingüístico depende del respeto de ciertas reglas (que catalogó en tres clases diferentes, denominadas respectivamente "A", "B" y "Gama"). [Describe estas reglas de la siguiente manera: "A1. Debe existir un procedimiento convencional aceptado, que tenga un cierto efecto convencional; dicho procedimiento debe incluir la enunciación de ciertas palabras por ciertas personas en ciertas circunstancias y, además, A2, en un caso dado, las personas y circunstancias particulares deben ser apropiadas para la invocación del procedimiento particular invocado. B1. El procedimiento debe ser llevado a cabo por todos los participantes de manera correcta y, B2, en todos sus pasos." G1 En aquellos casos en que, como suele suceder, el procedimiento requiere que quienes lo utilizan tengan ciertos pensamientos o sentimientos, o está dirigido hacia una conducta correspondiente determinada por algún participante, entonces quien participa en él y, por lo tanto, recurre al procedimiento, debe tener de hecho tales pensamientos o sentimientos, o los participantes deben estar animados por el propósito de comportarse de la manera apropiada, y además, G2, los participantes deben comportarse realmente de esta manera en la ocasión" (Austin 1962, Conf. II). Austin aclara que cuando se violan las reglas "G", el acto se lleva a cabo pero sufre un "abuso"; en el caso de la violación de la regla "G.1", Austin llama a este abuso "insinceridad"].
Karl-Otto Apel y Jürgen Habermas siguieron los pasos de Austin al destacar la existencia de una racionalidad comunicativa, diferente de la "instrumental" (Habermas y Apel), e intentar deducir obligaciones éticas de las reglas inherentes al lenguaje natural (especialmente Apel; he manifestado mis discrepancias con Habermas en López Velasco 2003). Ambos se dieron cuenta de que era importante y creían en la posibilidad de reunificar la razón. dividida tras Kant, a la luz del lenguaje natural, que incluye, además de las sentencias........
