Cómo Estados Unidos se disparó en la cabeza
Me di cuenta de que el dólar estadounidense estaba condenado hace unos cuatro años. No de forma abstracta, ni en el sentido académico y formal en que los economistas analizan el declive gradual de las monedas de reserva. Lo comprendí de forma más visceral, como a veces se siente al final del declive de un sistema, incluso antes de que las cifras oficiales lo confirmen. El detonante, por extraño que parezca, fue la invasión rusa de Ucrania en 2022. Fue entonces cuando examiné con mayor detenimiento a Rusia y, sobre todo, a China, y me convencí de que la desdolarización no era solo una hipótesis teórica. Ya estaba en marcha.
Desde entonces, esta observación no ha hecho más que reforzarse. Cuanto más de cerca se observa a China, más evidente resulta que Estados Unidos ha dedicado los últimos quince años a imponer el mundo que más temía: un mundo donde las grandes potencias construyen sus propios sistemas, mantienen más capital en su territorio, desarrollan sus propias tecnologías, canalizan una mayor parte de su comercio fuera del dólar y consideran cada vez más a Washington no como el organizador del orden mundial, sino como un agente disruptor peligroso y en declive.
Lo que en Washington parecía una estrategia se ha convertido, en realidad, en un largo proceso de autodestrucción imperial. El giro de Obama hacia Asia formalizó el reconocimiento de que Estados Unidos ya no consideraba a China un socio al que gestionar, sino un rival al que contener. Trump abandonó los eufemismos e intensificó la campaña mediante aranceles, sanciones y restricciones tecnológicas. Biden ha continuado, en líneas generales, similares, aunque con un tono distinto. El regreso de Trump no ha hecho sino dejar al descubierto todo el engaño. En todas sus administraciones, la continuidad ha primado sobre la retórica.
Esto es lo que hace que este espectáculo sea tan grotesco. Una estrategia estadounidense sensata habría comprendido rápidamente que China era demasiado poderosa, demasiado competente y estaba demasiado integrada en la economía global como para ser subordinada permanentemente. Washington podría haber aceptado un mundo donde Estados Unidos siguiera siendo rico e influyente, pero ya no estuviera solo. Podrían haber buscado la colaboración, la coexistencia y la negociación de fronteras. En cambio, se aferraron a la ilusión de una primacía permanente y optaron por la confrontación. Estados Unidos no solo se disparó en el pie; se disparó en la cabeza.
Muchos economistas y expertos insisten en afirmar que el declive estadounidense, de producirse, será gradual y se extenderá........
