Resurrección
Más de 85.000 jóvenes y no tan jóvenes volvieron a reunirse por cuarto año consecutivo en la plaza de Cibeles para celebrar la Fiesta de la Resurrección organizada por la Asociación Católica de Propagandistas. Que miles de personas festejen algo en el centro de España no es noticia, el Real Madrid convoca más o menos el mismo número de gente cada domingo y no digamos cuando ganan un título. Lo increíble de esta celebración es el motivo: alegrarse por la victoria de Cristo sobre el sufrimiento y la muerte.
Descuiden, esto no es una homilía dominical. Mi interés radica en que la fe, el hecho religioso, sigue moviendo la vida de millones de personas en el planeta. En medio de tanto caos generado por el comunismo-fascismo, el postmodernismo, lo woke, lo antiwoke, el nacionalismo, capitalismo, imperialismo, etc., hay gente que mantiene vivas sus creencias siglo a siglo. Con cierta licencia, podría decirse que celebran lo que es sólido y no lo que se desvanece en el aire y es profanado por el devenir de la modernidad, como rezaba el Manifiesto comunista.
Lo increíble del poder de convocatoria del Festival de la Resurrección es el motivo: alegrarse por la victoria de Cristo sobre el sufrimiento y la muerte
Si es verdad que hay un revival de lo católico, o de lo que han llegado a definir como catholic way of life (no lo dejemos, por favor, en el Lux de Rosalía), si es verdad que todavía hoy es atractiva la propuesta religiosa en este mundo, habría que abordar seriamente los motivos. Feuerbach aseguraba que "solo en bocas de la necesidad, de la miseria y de la imperfección tiene la palabra Dios peso, seriedad y sentido". Aterrizándolo en Ortega: cuando la realidad aprieta, nos acordamos de Dios. ¿Cómo puede ser que esto ocurra en sociedades del primer mundo, donde tenemos casi de todo y el Estado nos cuida y nos permite autorrealizarnos? Pregunta demasiado profunda para un lunes, lo sé. Recuerden, no obstante, que la palabra ‘religión’ tiene que ver con el verbo latino religare, reunirse o atarse fuertemente. Todo lo contrario a la propuesta individualista, que consiste en deshilachar lo que estaba unido.
