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‘Los cuidadores’

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10.03.2026

Hace un mes al esposo de una amiga, al que aprecio y respeto, un hombre trabajador, de algo más de 40 años, le diagnosticaron un cáncer de esófago con metástasis en el estómago. Un diagnóstico atroz que trae atadas palabras como terminal o paliativo y en el que, como es de suponer, el horizonte de vida se reduce de manera drástica y sin remedio. Devastado, como estaba, le hice a la pareja la misma promesa que, cuando mi madre enfermó de cáncer, me hizo mi amigo Gabriel Mesa: van a empezar un largo y tortuoso camino, pero tranquilos que haremos juntos este viaje al fin de la noche. He honrado mi palabra, o al menos he intentado hacerlo de la mejor forma posible, y espero seguir haciéndolo el tiempo que sea necesario. Una de las cosas que más me llama la atención, y que, a su vez, es una situación sobre la que pienso mucho en los últimos años, es cómo estos diagnósticos modifican, en un instante, la perspectiva que se tiene del otro. Es decir, cómo la enfermedad afecta y nos obliga a cambiar, no la manera en que amamos al otro, sino más bien, la forma en la cual lo miramos.

En el caso puntual de esta pareja, a la que por años me acostumbré a ver junta, dedicados el uno al otro con fervor inusual para estos tiempos, en una suerte de simbiosis admirable, he asistido desde la lejanía a ese tránsito de roles. Me impacta la fortaleza de él para enfrentar la enfermedad y más aún, me impacta, la fortaleza y tranquilidad de ella, la manera en que ha mutado de ser esposa a cuidadora sin quejas ni reclamos. Un tránsito que se hace bajo el vértigo de la enfermedad, sin tiempo para pensar porque siempre está la urgencia de cuidar al otro, de calmar sus dolencias. Esto es, en su mirada hacia él hay ahora una atención y un esmero diferentes, la nostalgia aún no está por una razón sencilla: no saben que han sido expulsados del paraíso, de esa tierra fecunda y feliz que es la salud. No lo ha dejado de amar; quizá lo ame más, pero ahora cuando los veo juntos, la mayoría de las veces en hospitales, hay nuevos matices en esa mirada de ella, cargada de presagios y de intuiciones, hay dolor sí, pero más queda creo adivinar una solidaridad y una incondicionalidad a toda prueba.

La palabra cuidador proviene del verbo latino cogitare, que significa pensar, reflexionar, meditar. Ese verbo es el mismo de la famosa frase de Descartes, Cogito ergo sum, pienso, luego existo. Dicho lo anterior, la evolución etimológica, el arco trazado por la palabra para aterrizar en nuestros días parece lógico: por definición quien cuida es aquella persona que pone la atención y el pensamiento en alguien, que busca además sanar, acompañar, alivianar.

El comienzo de Mamá, la novela de Joyce Carol Oates, es un presagio deslumbrante y aterrador: “Esta es la historia de cuánto echo en falta en mi madre. Algún día, de una forma única, será también tu historia”. Con apenas dos frases la escritora norteamericana condensa con precisión nuestro drama, la repetición incesante e irrepetible de nuestra mortalidad como certeza única. Todos, queramos o no, enfrentaremos la muerte. Todos vamos a extrañar a alguien y, quizá, seremos extrañados. Y, dependiendo de nuestras circunstancias, vamos a ser cuidadores o si cabe la expresión observadores. El orden natural señala que el momento para serlo es cuando nos acerquemos a la vejez, la propia o la de los seres que amamos. Pero nada está escrito. Los cuidadores son esa legión de ángeles clandestinos, por la........

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