¿Es el “pueblo” soberano y solo la izquierda lo representa?
La inmensa mayoría de partidos y políticos de izquierda, al esconder o disimular que el “pueblo” contiene una diversidad de opiniones y de grupos de interés, argumentan que este “pueblo” es homogéneo y que solo tiene una voluntad, sentimiento que son ellos, los zurdos, los que lo representan en exclusividad. El analista Yuval Noah Harari, en su más reciente libro, Nexus, afirma: “El populismo socava la democracia de otra manera, más sutil pero igualmente peligrosa. Después de haber declarado que solo ellos representan al “pueblo”, los populistas afirman que el pueblo no solo es la única fuente legítima de autoridad política, sino la única fuente legítima de toda autoridad. Cualquier institución cuya autoridad derive de algo que no sea la voluntad del pueblo es antidemocrática”.
Petro suele ubicar su discurso dentro de una narrativa donde hay una división entre el “pueblo” y ciertas élites económicas o políticas a las que denomina “la oligarquía”, típica conducta del populismo latinoamericano. Para el filósofo alemán Jan-Werner Müller, la característica definitoria del populismo se da cuando los mandatarios afirman “representar al pueblo y considerar que cualquiera que no esté de acuerdo con ellos, ya se trate de burócratas estatales, de grupos minoritarios o incluso de la mayoría de los votantes, o es víctima de falsa consciencia o realmente no forma parte del pueblo”. En tanto representantes autoproclamados del “pueblo”, los populistas buscan monopolizar no solo la autoridad política, sino todo tipo de autoridad, y tomar el control de instituciones tales como los medios de comunicación, los tribunales y las universidades. Al llevar al extremo el principio democrático de “el poder del pueblo”, los populistas se vuelven totalitarios. El presidente que dice encarnar al “pueblo” y ser el intérprete de su voluntad, en realidad, lo que pretende es justificar reformas no a través de los canales institucionales, como es el Congreso, sino por medio de decretos, con la finalidad de evitar la incomodidad de la deliberación democrática.
Cuando un gobernante se presenta como la voz auténtica del pueblo, por supuesto, lo que quiere decir es que su mandato no tiene límites claros, ni regla alguna, ya que gobierna en nombre de una causa superior. En una democracia constitucional, el desacuerdo es normal, incluso necesario. Pero cuando el líder se proclama a cuatro vientos “yo soy el pueblo” (como decía Jorge Eliécer Gaitán), el desacuerdo se vuelve sospechoso y el opositor ya no es rival político, sino un obstáculo que hay que remover. Por ahora, en Colombia, los límites institucionales han permitido que la retórica populista parcialmente se quede en retórica. Pero, precisamente, lo que busca la extrema izquierda y sus simpatizantes es imponernos de manera subrepticia una constituyente cuyo objetivo final sería desmontar la separación de poderes y convertir al Congreso y a la rama judicial en una rama del poder Ejecutivo. ¡Es la tarea de los demócratas en Colombia impedir que lo logren!
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Apostilla: El más que lamentable accidente del Hércules de la Fuerza Aérea deja en evidencia que, en este gobierno, aparte del infantil e intrascendente cambio de nombre a Fuerza Aeroespacial Colombiana, no se ha hecho mayor cosa: del presupuesto de la Fuerza Aérea solo se ha ejecutado el 40 %; y del total del presupuesto, el 80 % corresponde a gastos de personal. Era casi obvio que, si al mantenimiento de las aeronaves no llegaban los recursos, el resultado iba a ser catastrófico.
