Los debates presidenciales deben, como mínimo, ofrecer una radiografía de lo que está en juego a través de los proyectos y personalidades de quienes aspiran representarnos. El debate del domingo pasado ni siquiera generó esta radiografía.

Un formato rígido y una división en distintos bloques con tiempos breves dio pie a que Claudia Sheinbaum, Jorge Álvarez Máynez y Xóchitl Gálvez recetaran generalidades huecas y ataques patioescolares a sus rivales. Esto fue lo que planearon y lo que nos entregaron.

Sin embargo, el primer debate entre aspirantes a la presidencia terminó por ofrecernos otro tipo de radiografía. En concreto, este ejercicio puso de manifiesto dos aspectos de la contienda que trascienden candidaturas, partidos e ideologías.

El primero es que, cuando se le bajan tres rayas al ruido que genera la polarización, es claro que existen más semejanzas que diferencias entre quienes este año se disputan la presidencia.

El pasado domingo no se presentaron proyectos radicales y comprensivos para atajar los principales problemas nacionales. En su lugar fuimos testigos de una retahíla de asuntos hiperespecíficos pero vacíos, como entregar tabletas a niños para abatir el rezago educativo (Gálvez), “empoderar a las enfermeras” para combatir los rezagos en materia de salud (Sheinbaum) o un proyecto educativo consistente en “igualar oportunidades” (Álvarez Máynez).

A ello hay que sumar que en todos los discursos aparecieron algunos impresentables que acompañan a cada una de nuestras opciones presidenciales. Por ejemplo, los nombres de Alito Moreno, Felipe Calderón, Manuel Bartlett o Dante Delgado fueron mencionados con la intención de manchar la credibilidad de los rivales.

El problema no es sólo que en verdad estas personas estén respaldando a nuestras opciones presidenciales. El asunto de fondo es que estamos apenas ante botones de muestra de famosos peces gordos nacionales, cuando, en todos los partidos, existe un cardumen de no mencionados, virtualmente desconocidos o pececillos locales. Lo que es peor, estos personajes se mueven libremente entre partidos de acuerdo con la dirección de los vientos electorales.

Jorge Álvarez Máynez, en el que a mi juicio fue la mejor intervención del debate, lo expresó así: “Las campañas se financian con dinero ilegal y que luego, desgraciadamente, eso le cuesta a los mexicanos”. Lo que no dijo Máynez es que su partido, Movimiento Ciudadano, no ha tenido problema alguno en dar cabida a quienes han abrazado o permitido estas prácticas.

Para efectos de este análisis, lo importante es que el debate presidencial del domingo pasado mostró con claridad que este año no elegiremos entre proyectos radicales y comprensivos, y sí entre bandos con materia prima humana virtualmente intercambiable.

El segundo y más importante aspecto de la contienda electoral que ha expuesto el debate del domingo pasado es el siguiente: hay un centro radical conformado por quienes notan, denuncian y buscan trascender este estado de cosas.

Este centro radical es ejemplificado por el surgimiento y posicionamiento del hashtag #LesValemosMadres en las redes sociales, empleado para expresar hastío ante el desempeño de Sheinbaum, Gálvez y Máynez.

Es importante notar que, contrario a lo que suele pensarse, este centro no es definido en términos ideológicos. Es decir, no tiene que ver con el espectro izquierda-derecha ni, mucho menos, con los logos o nombres que aparecerán en las boletas. Uno puede ser, por ejemplo, de izquierda y al mismo tiempo compartir el hastío reflejado en #LesValemosMadres.

En realidad, estamos ante un centro delimitado, en buena medida, por criterios epistémicos y racionales. El aspecto epistémico viene en forma de una exigencia de información puntual y un escepticismo ante cualquier fuente no fiable. Su aspecto racional consiste en cuestionar críticamente lo que ofrece cualquier partido o candidato, incluidos los que ideológicamente les son más afines.

Soy consciente de que los enemigos de este centro podrían objetar que estamos ante un simple hashtag que sólo representa a un puñado de usuarios de redes sociales; que no hay motivo para darle importancia.

Pero a ello se puede responder que el hecho de que esta etiqueta se haya vuelto tendencia muestra que no son pocas las personas con presencias digitales. Además, fuera de estos espacios existen voces y organizaciones que comparten este centro. Por ejemplo, recientemente Javier Sicilia y el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad invitaron a no votar por las opciones disponibles (aunque asumir un centrismo radical es compatible con la legítima decisión de votar por la opción menos mala).

Desde luego, una réplica obvia de las personas capturadas por nuestra polarización es intentar deslegitimar el fenómeno. Tal como lo ha expresado la abogada y activista Carla Escoffié: “Saldrán de un partido u otro a decir que este trend es ‘funcional’ al contrario porque no creen posible que haya gente harta de este tipo de burlas”. Máynez. La mejor intervención. Foto: Captura de pantalla.

Me parece que los intentos de deslegitimización sólo muestran que el centro radical tiene para ellos importancia. Y la tiene porque, en un escenario electoral reñido –poco probable este año–, podría inclinar la balanza a favor de una de las candidatas. Para botón de muestra basta con ver lo que ocurre actualmente en Estados Unidos.

Pero lo más relevante en la emergencia visible de este centro radical es que implica independencia de pensamiento indispensable en cualquier democracia liberal. La existencia de una fuerza empujando hace pensar en la posibilidad de dejar atrás los fanatismos y pánicos que sólo benefician a quienes buscan hacerse del poder.

Hemos visto que, en un sentido, el debate del pasado domingo fue un total fracaso. Y lo fue porque no nos ofreció una radiografía de los proyectos y personalidades de quienes aspiran representarnos.

Sin embargo, en este artículo argumenté que este debate terminó por dejarnos una radiografía quizás más importante.

En concreto, nos mostró con claridad que este año no elegiremos entre proyectos radicales y comprensivos, sino entre bandos con materia prima humana virtualmente intercambiable. Y también que existe un creciente centro radical conformado por quienes notan, denuncian y buscan trascender este escenario lamentable.

*Profesor Asociado de Filosofía en la Universidad de Nottingham, Reino Unido

X/Twitter: @asalgadoborge

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De valemadristas y valemadreados

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09.04.2024

Los debates presidenciales deben, como mínimo, ofrecer una radiografía de lo que está en juego a través de los proyectos y personalidades de quienes aspiran representarnos. El debate del domingo pasado ni siquiera generó esta radiografía.

Un formato rígido y una división en distintos bloques con tiempos breves dio pie a que Claudia Sheinbaum, Jorge Álvarez Máynez y Xóchitl Gálvez recetaran generalidades huecas y ataques patioescolares a sus rivales. Esto fue lo que planearon y lo que nos entregaron.

Sin embargo, el primer debate entre aspirantes a la presidencia terminó por ofrecernos otro tipo de radiografía. En concreto, este ejercicio puso de manifiesto dos aspectos de la contienda que trascienden candidaturas, partidos e ideologías.

El primero es que, cuando se le bajan tres rayas al ruido que genera la polarización, es claro que existen más semejanzas que diferencias entre quienes este año se disputan la presidencia.

El pasado domingo no se presentaron proyectos radicales y comprensivos para atajar los principales problemas nacionales. En su lugar fuimos testigos de una retahíla de asuntos hiperespecíficos pero vacíos, como entregar tabletas a niños para abatir el rezago educativo (Gálvez), “empoderar a las enfermeras” para combatir los rezagos en materia de salud (Sheinbaum) o un proyecto educativo consistente en “igualar oportunidades” (Álvarez Máynez).

A ello hay que sumar que en todos los discursos aparecieron algunos impresentables que acompañan a cada una de nuestras opciones presidenciales. Por ejemplo, los nombres de Alito Moreno, Felipe Calderón, Manuel Bartlett o........

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