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Del campo a la ciudad: Mensaje de mi nieto

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30.03.2026

Hola, ¿cómo están? Mi nombre es Emanuel Losada Ramirez, soy nieto de Enrique Ramírez, y hoy tengo el gusto de acompañarlos en este espacio, ya que mi abuelo se encuentra en recuperación tras una cirugía ocular realizada hace pocos días. Aprovechando esta oportunidad, quiero compartirles un poco sobre mi experiencia viviendo en la ciudad, y lo que ha significado para mí pasar de un pueblo a un entorno urbano desde tan joven. Desde los 16 años vivo en Bogotá, y ya llevo dos años aquí. Ha sido, sin duda, una experiencia que podría describir como “maravillosamente extraña”. Yo vengo de La Plata, Huila, un pueblo pequeño donde todos se conocen, donde en pocas cuadras se viven muchas historias y donde la cercanía entre las personas es parte de la vida diaria. El cambio a la ciudad fue algo completamente diferente, incluso abrumador al inicio, pero también muy enriquecedor. Debo admitir que antes no me gustaba Bogotá. La veía como una ciudad gris, fría, “la nevera”, como muchos la llaman. Un lugar con lluvia constante y poca luz. Pero estaba equivocado. Bogotá tiene una belleza que no es evidente a primera vista. Tiene parques, nacederos de agua, vida en cada calle. Personas, animales, historias. Los atardeceres, por ejemplo, pueden ser impresionantes. Incluso en lugares tan cotidianos como un puente de Transmilenio, detenerse a mirar el cielo puede convertirse en un momento realmente especial. Así que no, Bogotá no es tan gris como yo pensaba. Ahora, en cuanto a las personas, la experiencia es distinta. En la ciudad uno aprende a ser más precavido. No siempre sabes en quién confiar, y eso cambia la forma en que te relacionas. Sin embargo, la universidad ha sido un espacio clave en mi vida. Ha sido una experiencia intensa: frustrante a veces, pero también muy gratificante. He conocido personas increíbles que me han demostrado que muchos de los estereotipos que tenía no eran ciertos. Hoy puedo decir que he encontrado amigos valiosos. La ciudad también me ha dado oportunidades. He podido conocer lugares, asistir a eventos, tomar fotografías y vivir experiencias que probablemente no habría tenido a mi edad en otro contexto. En cuanto al trabajo, tuve mi primera experiencia laboral en una empresa de comidas rápidas. Allí hice de todo: caja, servicio, cocina. No fue fácil, y honestamente, no fue algo que disfrutara… pero fue profundamente formativo. Recuerdo especialmente mi primer cierre: me tocó lavar bandejas y utensilios durante horas. Fue tan pesado que incluso soñé que seguía lavando. Aun así, es una experiencia que repetiría, porque considero que todos los jóvenes deberían tener ese primer acercamiento al trabajo. Es una escuela para la vida. Otro aspecto importante es la alimentación. Bogotá tiene una gran riqueza cultural, y eso se refleja en su comida. Aquí encuentras sabores de muchas regiones: Tolima, Boyacá, entre otros. Cada plato cuenta una historia, y conocer esa diversidad es algo realmente valioso. Pero no todo es fácil. A pesar de todas estas experiencias positivas, también he tenido momentos en los que he querido regresar a casa, volver a la tranquilidad del hogar y al cuidado de mis padres. Es algo natural. Aún soy joven, sigo aprendiendo y adaptándome. Al final, vivir en la ciudad ha sido eso: un proceso de aprendizaje constante. Una suma de experiencias, de retos y de descubrimientos. Y aunque ha sido un camino con dificultades, sin duda es algo que he disfrutado y que volvería a elegir. Muchas gracias, y hasta la próxima.


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