Madrid
Las capitales de Europa se han llenado de estudiantes que repelan con la cuchara el culo de su cuenta bancaria. Con el fin de la convocatoria se han lanzado a ese viaje que planearon en noviembre, cuando el billete de ida y vuelta por sesenta euros parecía imperdonable.
Meses después, tras pasar la última noche de la escapada en un aeropuerto de Centroeuropa, con el cuello atacado de nudos y la memoria de aquel sofá perestroiko sin manta ni almohada —porque se metieron nueve en aquel alojamiento para cuatro—, su cuenta es ya fantasmagórica y su hígado no recuerda el último día en que vio la luz del sol. Otros viajamos más cerca.
Escribo desde el tren que ha de llevarme a Madrid, donde quizá tenga perdida una ciudad.
Siempre fui su detractor, porque la patriotería furibunda por mi tierra me hacía ver Madrid como una Babilonia inhóspita, exilio de desterrados y fonda de todos los excesos. En los últimos tiempos he aprendido a valorar una ciudad a la que han cantado Quevedo —el de antes y el de ahora—, Sabina o El Fary. No tengo muy claro qué busco en ella. De niño estuve en sus grandes museos de arte, pero era demasiado pequeño para imantarme a sus cuadros. Después, cuando he pasado por la puerta del Prado, la cola me desesperó antes siquiera de ponerme en ella. Luego me han dicho que esas colas avanzan más rápido que el tren en el que voy subido, que no sé si está saliendo del Carmen o entrando en la Batcueva de tan oscuro.
Nos pasa por el costado otro convoy. Dejo la Vega a la derecha, con la sierra despidiéndome, hasta el jueves. Es increíble cruzar España a lomos de la modernidad. En burro había que hacer jornadas y jornadas; hoy comeré en Madrid habiendo almorzado a cuatrocientos kilómetros. Mola. Ahora entiendo a los zagales que se obsesionan con los trenes.
Santomera ha sido un destello. Mirando por la ventana, intento descubrir la trampa, el lugar en el que muera la huerta y nazca La Mancha. Superadas las palmeras, el paisaje se va tornando más árido, de sarmientos ruines y mustios, desnudas las cepas sin un grano de uva, ni tampoco siquiera sombra de ella. Una montera de nubarrones le cubre a La Mancha la cabeza.
Adelantamos a los coches a la velocidad del rayo. Un desguace me anuncia el fin del mundo conocido. A los pocos minutos me adentro en el monstruo, por cuyas venas se mueven lentamente cientos de coches llenos de oficinistas que vuelven del trabajo, un trabajo en alguna de esas altas torres con las que el monstruo me intimida. Pero yo estoy dispuesto a sobrevivirle.
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