Las cirujanas del asfalto: donde el sol quema y el estado falla
Por: Gerardo Aldana García
Mientras me tomo una cerveza en una calle de la capital huilense, me doy cuenta de cómo el sol de Neiva no calienta; curte. Es un fuego blanco que cae a plomo sobre el asfalto derretido, fusionándose con la piel de quienes, por fuerza de la necesidad, se han convertido en las ortopedistas de una ciudad rota. Ellas son las «tapa huecos». No usan batas blancas, sino camisas percudidas; no empuñan bisturís, sino la barra y la pala para practicar cirugías de emergencia en piedra y crudo sobre esas úlceras viales —esos «huecos cóncavos» traicioneros— que tuercen rines y revientan neumáticos ante la mirada esquiva de la administración municipal.
Verlas trabajar es presenciar un acto de resistencia pura. Su piel, patinada por el astro rey, es un mapa de geografía hostil, un lienzo donde el calor ha delineado cicatrices y el polvo ha sellado los poros. A veces llevan gorra, a veces no, exponiendo su rostro a los transeúntes indiferentes que suben los vidrios de sus autos con aire acondicionado, blindándose no solo del calor, sino de la realidad paupérrima que estas mujeres encarnan. Una realidad donde la herida de su economía familiar no sana, mientras ellas intentan sanar la piel de la calle.
Pero tras la ruda obrera que mezcla gravilla, palpita la vida en todas sus complejidades. La calle es su hogar, su cocina y su sala de partos simbólica. Con el ánimo de avanzar hacia ella y dejar en la gorra, ahora en su mano izquierda, mi contribución a su encomiable obra, me detengo en una imagen que desarma: allí, en medio del caos vehicular y el olor a brea, la tapa huecos hace una pausa. Se sienta en el borde de la acera y, con una ternura que contrasta con la tosquedad de su labor, arrulla a su recién nacido. Brota el pecho, brota la leche; es el milagro de la alimentación en el epicentro de la carencia. Madre obrera, nutriendo el futuro sobre las ruinas del presente.
Esa misma mujer, que soporta con dignidad el morbo lascivo y sin límites de hombres que la ven como un objeto más del paisaje urbano, también sabe reír. Es una risa estentórea, contagiosa, que estalla cuando la tragedia ajena se vuelve comedia en la jungla de asfalto. Se ríen con ganas cuando un habitante de la calle, recolector de los basureros de nuestra «civilización», es perseguido por los perros, también callejeros, anexados por su propia supervivencia a alguna venta informal de cerveza, que no toleran la presencia de la miseria extrema. Es la risa de quien conoce el fondo y sabe que, a veces, solo queda reír para no llorar.
Y cuando la tarde cae y de algún radio cercano, o de un carro que pasa, escapan las notas sentimentales de Julio Jaramillo con un bolero, o el ritmo tropical de Pastor López, el cuerpo molido de la tapa huecos cobra vida nueva. Hay un baile contenido en sus movimientos con la pala; hay una dignidad inquebrantable en su silueta recortada contra el ocaso. Baila para olvidar, baila para recordar que es mujer, que es esposa, que está viva más allá del rudo oficio.
Ella sigue allí. Invisible para el alcalde y el gobernador, ausente en los planes de desarrollo y en los discursos de un Estado incluyente que solo existe en el papel. Invisible también para el conductor indolente que, desde su cabina, le lanza improperios en lugar de monedas. Sin embargo, su fe no naufraga. Con una convicción que estremece, asegura que el Creador no la desampara. Y tiene razón: cada noche, aunque con el cuerpo hecho trizas, regresa a casa con la certeza de que la cena de sus hijos, hoy, no se ha refundido.
En este pueblo asustado, que teme al raponero y al carterista como al recolector de basura, y que, sin embargo, aplaude la mácula del político corrupto o se muestra indiferente frente a los grupos criminales organizados, estas mujeres sufren lo insufrible. Pero cada vez que el semáforo torna a rojo, sus ojos brillan. En esa pausa obligada del tráfico yace su única esperanza: la caridad de los pocos que, al verlas, reconocen no solo el hueco tapado, sino la inmensa humanidad de quien lo tapa con su propio sudor.
Mujer que tapa los huecos de la ciudad, mujer maestra del sacrificio consciente, experiencia que grita la desigualdad y vitorea la resiliencia más allá del calcinante sol y la frialdad de un sistema de matices fallidos: recibe mi admiración, mi tributo de escritor por el ejemplo de dignidad que eres.
