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Semana Santa: una pausa incómoda pero necesaria

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En Colombia, la Semana Santa dejó de ser únicamente un calendario litúrgico para convertirse —si se observa con honestidad— en un espejo incómodo. No porque hayamos perdido la fe, sino porque hemos fragmentado su sentido.

Hoy convivimos en un país tensionado, discursos políticos que dividen, redes sociales que amplifican el desprecio y una cotidianidad donde la agresividad se ha normalizado. Se opina con furia, se responde sin escuchar y se etiqueta al otro antes de comprenderlo. En ese contexto, hablar de perdón, reconciliación y resurrección no es un acto devocional; es un acto profundamente político en el mejor sentido de la palabra: el que busca reconstruir lo común.

La Semana Santa, más allá de la tradición, propone tres momentos que hoy resultan urgentes. El primero es el perdón, no como una absolución ingenua ni como una renuncia a la justicia, perdonar, en su forma más rigurosa, implica dejar de alimentar el ciclo de la ofensa. En medicina, entendemos que una herida que no se limpia correctamente se infecta. Lo mismo ocurre en lo social: el resentimiento acumulado se transforma en violencia simbólica, y tarde o temprano, en violencia real. El perdón no borra la herida, pero evita que se convierta en gangrena colectiva. El segundo movimiento es la reconciliación. Aquí conviene ser escépticos; reconciliar no es “llevarse bien” ni forzar acuerdos artificiales. Es, primero, reconocer al otro como legítimo, incluso cuando pensamos que está equivocado. Es aceptar que el país no se construye con unanimidades, sino con diferencias bien gestionadas. La reconciliación exige una habilidad escasa, la escucha genuina. En un entorno dominado por algoritmos que premian el conflicto, escuchar se ha vuelto un acto contracultural. El tercer movimiento es la resurrección. Tal vez el más difícil de interpretar fuera del lenguaje religioso. Resucitar, en términos sociales, significa transformar. No se trata de volver al punto anterior al conflicto, eso es imposible, sino de emerger con una conciencia distinta. Colombia ha vivido ciclos repetidos de violencia y promesas de cambio que no se sostienen. La pregunta incómoda es si estamos dispuestos a cambiar de verdad o si solo cambiamos de narrativa.

Desde la práctica médica, hay una lección clara; ningún proceso de recuperación ocurre sin dolor, sin disciplina y sin tiempo. Pretender reconciliaciones inmediatas o perdones superficiales es, en el fondo, una forma de evasión. La sanación social requiere algo más exigente, responsabilidad individual.

Porque el problema no está únicamente en “los otros”, en “los políticos” o en “las redes”. Está también en la manera en que cada uno participa en esa dinámica, en el comentario agresivo que publicamos, en el juicio rápido que hacemos, en la incapacidad de reconocer errores propios.

Esta Semana Santa ofrece una pausa. No necesariamente para rituales externos, sino para una revisión interna más incómoda: ¿qué tipo de ciudadano estoy siendo en medio de la polarización? Si el país ha de resucitar y esa es una afirmación que debe sostenerse con escepticismo crítico, no será por discursos grandilocuentes, sino por pequeñas decisiones cotidianas: moderar el lenguaje, escuchar antes de reaccionar, disentir sin destruir. El perdón reduce la carga. La reconciliación abre posibilidades. La resurrección exige transformación. Lo demás, procesiones, tradiciones, discursos, es secundario si no somos capaces de encarnar, aunque sea parcialmente, esos tres movimientos en la vida diaria.


© Diario del Huila