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Aprender a jugar… y a respetar

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15.03.2026

Este curso mi hijo de cuatro años ha decidido apuntarse a fútbol como actividad extraescolar en el colegio. Confieso que no es un deporte que me entusiasme. Nunca he sido futbolera, ni sigo ligas, ni discuto alineaciones. Pero cuando me dijo que quería jugar con sus amigos me pareció una buena idea. Al fin y al cabo, el deporte en equipo tiene muchos beneficios.

Tan pequeños, el fútbol no es táctica ni competición. Es correr detrás de un balón, aprender a coordinar movimientos, mejorar el equilibrio, desarrollar la psicomotricidad y descubrir algo tan básico como pasar la pelota a un compañero. También es una oportunidad para aprender valores: compartir, esperar turnos, celebrar juntos, aceptar que a veces se gana y otras se pierde. Eso es lo que debería ser.

Por eso deseo, con cierta ingenuidad, que se quede en eso: en una extraescolar del cole, en una hora a la semana de carreras torpes, risas y camisetas demasiado grandes.

Porque el ambiente que se respira demasiadas veces alrededor de partidos infantiles está muy lejos de esos valores que supuestamente pretendemos enseñar. Gritos desde la grada, reproches a los árbitros, padres que viven el partido como si se jugara una final de Champions y niños que reciben una presión que no les corresponde.

Lo que debería ser juego se convierte a menudo en un escaparate de contravalores: insultos, agresividad, competitividad mal entendida.

Esta semana leía en estas mismas páginas las palabras de Rafel Covas, coordinador del programa de Policía Tutor, que advertía de que muchos casos de bullying están relacionados con el deporte y, especialmente, con el fútbol. Incluso dentro del propio equipo. Y señalaba además los vestuarios como uno de los lugares donde más se producen estas situaciones.

La noticia habla de formación para entrenadores, de concienciación a las familias, de recordar que los adultos somos el ejemplo que los niños replican.

Y ahí está probablemente la clave. Los niños solo juegan. Los adultos somos quienes, demasiadas veces, convertimos el juego en otra cosa. Tengámoslo en cuenta.

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