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El primer día

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11.03.2026

Rebuscando entre mis viejos tesoros, aquellos que el tiempo deja olvidados en cajones silenciosos, cayó en mis manos una vieja fotografía detenida en el tiempo, teñida de sepia y de los colores que toman los recuerdos con el paso del tiempo. En ella aparecía una niña, con semblante serio y ojos entreabiertos esquivando los rayos de sol, mientras posaba ante la cámara, sosteniendo una pequeña maleta escolar decorada con dibujos de “Heidi”, desde aquel sobrio y humilde portal de la que entonces era su casa (mi casa) en la calle Castilla 24 de Ibiza, donde comenzaba su historia.

Es curioso como la memoria es caprichosa y selectiva, a la hora de decidir qué parte de tu pasado queda grabada para siempre en tu mente y qué parte queda en el olvido. Entre uno de los pocos recuerdos que tengo de mi infancia, esta fotografía, la de mi primer día de colegio, me lleva, nostálgicamente, a mi esencia. Cierro los ojos, y me parece volver a aquel momento, agarrada a mi pequeña maleta cargada de ilusiones y de un cierto miedo a lo desconocido, pero aun así desafiando al sol que caía de lleno sobre mis ojos, y decidida, a enfrentarme al primer día de muchos, en que daría comienzo mi formación en el Colegio Nuestra Sra. De La Consolación. Preludio de mi posterior paso por el Instituto de Santa María, la Universidad de Valencia y, finalmente, la UIB para la defensa de mi doctorado. Desde mi ignorancia infantil desconocía por completo, en aquel preciso momento, para qué y por qué iba al colegio, pero pronto lo iría descubriendo…

Siempre hay un primer día para todo, para enamorarse, para soñar, para atreverse, para intentarlo, para ganar… y también para perder, para aprender y volver a empezar. Empezar de nuevo, a pesar del miedo, a veces sin saber muy bien, hacia dónde vamos, ni de dónde venimos. Porque cada paso (pequeño, grande o incierto) se convierte en una nueva conquista silenciosa e invisible, pero firme, que nos acerca un poco más a un futuro lleno de oportunidades. Un futuro que no tuvieron nuestras tatarabuelas, nuestras abuelas e, incluso, nuestras madres. Un futuro que ellas imaginaron sin poder alcanzarlo, y en el que hoy nos encontramos gracias a su valentía, a su resistencia silenciosa, y a las batallas que libraron cuando el mundo aún no estaba dispuesto a escucharlas. Un futuro que todavía hoy, en pleno siglo XXI, se les niega a millones de mujeres que no han tenido la fortuna de nacer en un país democrático donde los derechos humanos no sean una promesa fácil, sino una realidad palpable y viva.

Por ello, hoy resulta fácil, demasiado fácil, defender desde la comodidad y seguridad de nuestros hogares, un feminismo de hojalata que incluso nos enfrenta entre nosotras y que desde posiciones extremas, y desde el resentimiento, criminaliza al hombre, repitiendo errores e injusticias del pasado, como una mera “vendetta” entre sexos opuestos. Un feminismo pronunciado entre paredes seguras, obviando que en otros lugares hay mujeres que no tienen derecho a estudiar, opinar, ser libres o soñar.

Tal vez por eso, el feminismo, que no pertenece en exclusiva a ningún partido político, debería ser un elemento de unión y no de división, al servicio de los valores de respeto, coherencia, justicia y equidad. Dándonos la capacidad de mirar más allá de nosotras mismas, y comprender que cada derecho conquistado es un privilegio que hemos de proteger, ampliar y compartir, abriendo caminos y oportunidades a las que vienen detrás. Para que cuando llegue también, su primer día, puedan atreverse a soñar, intentar, errar, levantarse, aprender y continuar.

«La justicia no consiste en invertir la injusticia, sino en acabar con ella»

«Que nadie nos diga hasta dónde podemos llegar; la historia siempre la escriben quienes se atreven a dar el primer paso».

Alicia Reina Escandell es doctora en Turismo

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