Una de las categorías más significativas de la cultura material o, mejor dicho, espacial de la política nacional, es la de la antesala. Se trata, como se sabe, de una sala adyacente a la oficina particular de un funcionario. La frase coloquial “hacer antesala” expresa la condición temporal y, sobre todo, emocional de sentarse en una de ellas. Hacer antesala es una modalidad de la espera dentro de un recinto. Esa espera a veces dura unos minutos, pero puede prolongarse por horas, días, semanas. Es así que la antesala se puede vivir como una condena, casi como una experiencia del purgatorio dantesco. Pero la espera por sí sola no explica por completo el sentido existencial de la antesala. El otro elemento esencial es el del poder.

El político que hace esperar a los demás en su antesala manifiesta, de esa manera, su poder. Recuerdo a un funcionario menor que, aunque no tuviera nada que hacer, siempre hacia esperar a las personas que llegaban a buscarlo. Ese rato que los dejaba en la antesala era, para este hombre pequeño, una medida de su pequeño poder. Mientras los visitantes aguardaban en la antesala, él también aguardaba dentro de su oficina a que pasara el tiempo que él consideraba le otorgaba importancia.

En ocasiones, hacer antesala es un castigo. Un funcionario cita a uno de sus subordinados a una hora, digamos a las 10 de la mañana. A las 11, el empleado le pregunta tímidamente a la secretaria si sabe a qué hora lo podrá recibir el funcionario. La secretaria, que es cómplice del complot, no le da una respuesta. Así pasan las horas. Se hacen las doce, luego las dos, hasta que, por ahí de las siete, la secretaria le informa a la víctima que el funcionario no pudo recibir a su víctima y que lo espera mañana a la misma hora. La humillación sufrida es el mensaje.

En la experiencia de hacer antesala aparece la envidia de quienes tienen el llamado “derecho de picaporte”. El susodicho entra a la antesala como Juan por su casa, saluda a la secretaria con familiaridad, mira de reojo a los que esperan sentados y gira con seguridad el picaporte de la puerta. Desde la antesala se alcanza a escuchar la voz del funcionario que dice: ¡querido Fulano, qué gusto, mira que me tenías muy abandonado, pásale! El largo rato que pasa ese Fulano dentro la oficina del funcionario se sumará al que los demás llevan esperando, incluso con una cita previa. Hay una expresión que manifiesta muy bien lo que sienten quienes prolongan ofensivamente su permanencia en la antesala, lo que se dice es que el funcionario “no se dignó a recibirlos”.

Hay héroes de la antesala. Hombres y mujeres que logran superar la prueba por su admirable paciencia y perseverancia. Hay una anécdota, que no recuerdo donde leí o escuché, que ahora viene al caso. Un Zutano que había conocido al presidente electo en su juventud se presentó el primer día de labores del nuevo mandatario en su oficina. La secretaria le preguntó si tenía cita. Zutano dijo que no, pero que quería hablar con el presidente para “ponerse a sus órdenes”. El presidente no lo recibió ese día, ni durante varios meses. No obstante, Zutano llegaba todos los días a primera hora y se sentaba a esperar a que lo mandara llamar el mandatario. Cuando la secretaria se retiraba y apagaba la luz, Zutano salía junto con ella sin emitir queja alguna. Así pasaron los meses hasta que un buen día, un secretario de estado le informó al presidente que era urgente hacer un nombramiento para ocupar una dirección general de reciente creación. Tenía que ser alguien de confianza, que no estuviera comprometido con los grupos políticos del momento. Entonces, por uno de esos chispazos que cambian la historia del mundo y la vida de los seres humanos, el presidente se acordó de Zutano, que esperaba, como siempre, en la antesala. Levantó el teléfono y le indicó a su secretaria que lo hiciera pasar. Zutano estuvo pocos minutos dentro de la oficina del presidente, pero cuando salió de ahí ya era el flamante director general de la nueva dependencia.

QOSHE - Hermenéutica de la antesala - Guillermo Hurtado
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Hermenéutica de la antesala

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09.03.2024

Una de las categorías más significativas de la cultura material o, mejor dicho, espacial de la política nacional, es la de la antesala. Se trata, como se sabe, de una sala adyacente a la oficina particular de un funcionario. La frase coloquial “hacer antesala” expresa la condición temporal y, sobre todo, emocional de sentarse en una de ellas. Hacer antesala es una modalidad de la espera dentro de un recinto. Esa espera a veces dura unos minutos, pero puede prolongarse por horas, días, semanas. Es así que la antesala se puede vivir como una condena, casi como una experiencia del purgatorio dantesco. Pero la espera por sí sola no explica por completo el sentido existencial de la antesala. El otro elemento esencial es el del poder.

El político que hace esperar a los demás en su antesala manifiesta, de esa manera, su poder. Recuerdo a un funcionario menor que, aunque no tuviera nada que hacer, siempre hacia esperar a las personas que llegaban a buscarlo. Ese rato que los dejaba en la antesala........

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