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El Hermano Pedro: de pastor tinerfeño a santo de dos mundos

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30.03.2026

La historia no siempre concede a los humildes un lugar en sus grandes relatos. Pero a veces la constancia de una vida consagrada al servicio de los demás consiguen lo impensable. Así ocurrió con Pedro de San José de Betancur, un pionero en varias facetas de su vida.

Nació en Vilaflor de Chasna, el 21-03-1626, hace ahora 400 años. Era hijo de agricultores y creció entre cabras y barrancos. Su dura infancia estuvo marcada por una espiritualidad creciente. Desde niño se desempeñó como pastor y, según la tradición, utilizaba una cueva cercana a El Médano como refugio y lugar de oración.

Pero su alma inquieta buscaba más. A los 23 años, sin medios, cruzó el Atlántico para no volver jamás a su tierra natal, con la esperanza de formarse como sacerdote y evangelizar en las Américas. No sabía leer ni escribir, pero llevaba consigo la fe de quien se siente llamado. Tras dos años de penurias, llegó a la Capitanía General de Guatemala, donde la enfermedad lo sorprendió. Fue en esa fragilidad donde encontró su verdadera vocación: cuidar a los enfermos y a los pobres.

En la ciudad de Santiago de los Caballeros, actual Antigua Guatemala, su vida cambió. Aunque intentó ingresar en un seminario jesuita, la falta de formación académica le cerró las puertas. No así las del amor al prójimo. Se convirtió en terciario franciscano y, desde entonces, hizo de la caridad su modo de predicar. Recorrió las calles con su mítica campana ayudando a leprosos, huérfanos, indígenas y esclavos enfermos, evangelizando desde la compasión activa.

Allí fundó en 1658 la comunidad que daría origen a la Orden de los Hermanos de Belén, que fue la primera congregación religiosa nacida en el continente americano. Inspirado en su devoción por el Niño Jesús, se le considera también el precursor de la introducción en Centroamérica de los belenes o nacimientos. Hacia 1667, fundó el Hospital de Nuestra Señora de Belén, primer hospital de convalecientes de América. Posteriormente, crea la primera escuela popular para niños y adultos en la que se aceptaban personas sin distinción de raza ni sexo. Podían asistir por igual niños y niñas, blancos, indígenas, negros y mestizos. En definitiva, fue un pionero en varias facetas.

Murió en 1667, a los 41 años, en olor de santidad y agotado por una vida de entrega. Su funeral, según las crónicas de la época, fue multitudinario. En 1980 fue beatificado por el papa Juan Pablo II y en 2002 el mismo pontífice lo proclamó santo en una masiva celebración llevada a cabo en Ciudad de Guatemala. Reconocido como el Apóstol de Guatemala, fue el primer canario en subir a los altares y también el primer santo de Centroamérica. Su figura se ha convertido en puente espiritual entre dos orillas del Atlántico.

En Tenerife, cada año miles de fieles caminan desde Granadilla de Abona hasta la cueva que usaba de joven, en una romería que mezcla tradición y devoción.

En un mundo donde lo invisible suele ignorarse, él hizo visible el dolor ajeno. En una época donde la santidad se medía en mártires y teólogos, él la vivió en cada gesto cotidiano, en cada herida curada, en cada niño alimentado. En definitiva, predicó con el ejemplo. Su historia de superación es la de un pastor analfabeto que cruzó un océano sin perder nunca el rumbo de su corazón. Como tantos otros gigantes humildes de nuestra historia, el Hermano Pedro nos recuerda que las vidas más plenas no siempre son las más largas, pero sí las mejor vividas.​


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