LA HABANA, Cuba.- Esta mañana, cuando salía de mi edificio, vi en el quicio de una vivienda cercana a un anciano del barrio. Lo conozco solo de vista. Nunca habíamos hablado, si acaso un saludo cuando coincidíamos en la panadería o en la farmacia, hace siglos. El hombre andaba desabrigado, lucía enfermo, un poco sucio. Lo miré atentamente y me di cuenta de que estaba jadeando. Las manos le temblaban. Me devolvió la mirada, pero sin verme en realidad. No sé cómo le salió un hilo de voz y todo lo que dijo fue: “Mijo, en la bodega no hay nada, en mi casa no hay nada”.

Por un momento pensé que deliraba porque era obvio que se sentía mal. Resulta que no había desayunado, no había comido la noche anterior y no recordaba si había almorzado el día anterior. Sé que los viejos en Cuba están soportando privaciones de todo tipo, pero su caso es de los peores que he visto, o yo estaba particularmente sensible. La cuestión es que sus palabras me sonaron como un ruego. Si ese hombre no comía algo enseguida, se me iba a morir delante. No desmayado, muerto.

Volví corriendo a mi casa, agarré un pan, le puse un poco de queso y lo metí en el disco. Le dije a mi esposa que lo vigilara para que no se quemara, y fui tan brusco que me preguntó si había algún problema. Le conté mientras preparaba un poco de leche, y bajé corriendo.

Le ofrecí el vaso al viejito, pero el cuerpo le temblaba tanto que no podía sostenerlo. Acabé sentándome a su lado y dándosela yo mismo, como si se tratara de mi propio padre. Bebió hasta la mitad y pudo, por fin, aguantar el vaso y terminar por sí solo. Yo me sentía abochornado, pero sobre todo empingao. Era una emoción tan fuerte que empecé a sentir que la piel me brincaba, y tuve que ponerme de pie.

Mi esposa bajó con el disco de queso y el señor, que apenas tenía dientes, lo devoró. “Gracias, mijo”, me dijo y empezó a llorar. Yo quise desaparecer. Extendió la mano de uñas larguísimas hacia mi esposa y ella se la estrechó entre las suyas. Qué manera de llorar aquel pobre hombre, con sollozos, y repetía que en la bodega no había nada, que le daba pena con su vecina, que quería matarse, pero no tenía valor.

Volví a mi casa. Registré en el aparador y le metí mano al último arroz que nos quedaba. Serían unas cuatro libras. Saqué del congelador un paquete con tres o cuatro cuartos de pollo, llené de leche en polvo un pomo mediano de cristal y añadí tres panes suavecitos. Busqué para darle otras cosas, pero no teníamos nada más.

Me guio hasta su casa, a unas pocas cuadras de la mía, y de camino le compré a un carretillero tres libras de malanga, un cuello de calabaza, un mazo de zanahorias, ajo y cebolla. Estaba dispuesto a hacerle la sopa yo mismo, pero llegando justo una vecina estaba en su puerta con un plato en las manos.

Entonces supe que el anciano se llama Rafael y tiene 83 años. La señora, Leopoldina, es la única que se ocupa de llevarle una comida caliente al día. De vez en cuando también le limpia la casa y trata de mantenerlo a él presentable, aunque no siempre lo logra. También me enteré de que Leopoldina tiene 67 años y vive sola. Su única hija y su nieto emigraron hace dos años. Le llegan remesas todos los meses, pero se le hace cada vez más difícil estirar ese dinero.

Rafael no quiere ser una carga para ella. Merodea por el barrio y suele regresar al caer la tarde. En varias ocasiones lo han llevado a su casa medio desmayado de fatiga. Hoy me tocó acompañarlo.

Es inexplicable el hecho de que cada día se va más gente de Cuba, un país donde nacen pocos y mueren muchos, pero la comida sigue sin alcanzar. La gente se asoma a las bodegas para preguntar si entró algo, lo que sea. Los bodegueros pasan el día sentados tranquilamente, móvil en mano, hasta la hora de cerrar. Cobran el mismo salario por no hacer nada.

El supuesto control del gobierno sobre los subsidios no ha beneficiado en absoluto a los ciudadanos que el discurso oficial califica de “vulnerables”, y entre los cuales se encuentra Rafael. Son miles los viejitos que se enfrentan solos, enfermos y desprotegidos a una crisis que se ha vuelto agobiante hasta para quienes poseen recursos y energías. Es un genocidio bien calculado, pero evidente, contra las personas de la tercera edad. No hay otra explicación para tanto sufrimiento humano y tanta desidia por parte de este régimen criminal.

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QOSHE - Menos gente y más hambre: la paradoja de Cuba - Javier Prada
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Menos gente y más hambre: la paradoja de Cuba

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21.02.2024

LA HABANA, Cuba.- Esta mañana, cuando salía de mi edificio, vi en el quicio de una vivienda cercana a un anciano del barrio. Lo conozco solo de vista. Nunca habíamos hablado, si acaso un saludo cuando coincidíamos en la panadería o en la farmacia, hace siglos. El hombre andaba desabrigado, lucía enfermo, un poco sucio. Lo miré atentamente y me di cuenta de que estaba jadeando. Las manos le temblaban. Me devolvió la mirada, pero sin verme en realidad. No sé cómo le salió un hilo de voz y todo lo que dijo fue: “Mijo, en la bodega no hay nada, en mi casa no hay nada”.

Por un momento pensé que deliraba porque era obvio que se sentía mal. Resulta que no había desayunado, no había comido la noche anterior y no recordaba si había almorzado el día anterior. Sé que los viejos en Cuba están soportando privaciones de todo tipo, pero su caso es de los peores que he visto, o yo estaba particularmente sensible. La cuestión es que sus palabras me sonaron como un ruego. Si ese hombre no comía algo enseguida, se me iba a morir delante. No desmayado, muerto.

Volví corriendo a mi casa, agarré un pan, le puse un poco de queso y lo metí en el disco.........

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