¿Están las pantallas atontando a los niños? ¿Y a los adultos no?
Si queremos mirar al futuro con esperanza, y cada vez nos cuesta más, nada debe importarnos tanto como la educación. Un mundo cada día más complejo y avanzado en tecnologías necesita personas bien preparadas para lo que venga, con criterio propio, valores sólidos y capacidad de adaptación. Cabe dudar de que las sociedades de hoy, y sus autoridades, hayan situado esta prioridad donde corresponde en términos de financiación y reconocimiento. El informe PISA, que examina el rendimiento de los alumnos de 15 y 16 años en 90 países, nos ha dado una buena bofetada esta semana: España registra el peor resultado de la historia del estudio, que empieza en el año 2000. El descalabro se produce en tres materias clave: comprensión lectora, matemáticas y ciencias. No solo España debe hacer examen de conciencia: la media de los países de la OCDE también se viene abajo, luego debe haber motivos de fondo que afectan a todas las sociedades occidentales.
Uno no quería correr a sacar conclusiones apresuradas, pero es que el propio informe lo dice: buena parte de la culpa la tienen las pantallas, el secuestro de nuestra atención y con ella de la capacidad de concentración, la dificultad de enfrentarse a un texto largo y complejo, no digamos a un libro, la pérdida de la paciencia. Este es el primer informe PISA de la generación que entra al instituto con los chats de inteligencia artificial en el bolsillo. ¿Nos está atontando la tecnología? Es una pregunta inquietante cuando las máquinas se vuelven, dicen, más inteligentes y se debate si ya ha llegado el día en el que una inteligencia artificial general (IAG) supere las capacidades humanas.
Lo resume así Ignacio Zafra en EL PAÍS: “Los autores de PISA creen que el bajón educativo no es coyuntural, sino que tiene causas profundas, entre ellas la generalización de los dispositivos digitales, la menor curiosidad y disposición al esfuerzo que muestran los adolescentes, que afecta a cómo aprenden, y la pérdida de hábitos de lectura que hace que cada vez tengan más problemas para entender lo que leen, sobre todo cuando se enfrentan a textos largos”.
No son solo los adolescentes los que viven enganchados a las pantallas de forma insana: lo han aprendido de sus padres. La atención de todos, jóvenes y adultos, es rehén de las aplicaciones de las grandes tecnológicas. Los dispositivos nos atosigan con alertas nada urgentes, con notificaciones de que debería gustarte esto o aquello, con la tentación de sumirnos en el scroll infinito o en juegos adictivos. Estrategias que nos hacen segregar dopamina, cortisol o adrenalina, lo que se considera una droga sin sustancia.........
