Siempre hacia el Atlántico
C omo ourensana de manual, cuando llega el verano pongo rumbo a las Rías Baixas. No necesito aeropuertos, husos horarios ni destinos de Instagram para que el cerebro me haga clic vacacional. Me basta con conducir hacia el mar y hacer la primera parada en A Cañiza. Hay quien inaugura con un baño o una barbacoa; yo lo hago con una tosta de jamón y café. Mi particular kilómetro cero.
Las vacaciones comienzan oficialmente cuando llego a San Vicente do Mar. Pero, si soy sincera, empiezan mucho antes: en esa carretera que desciende hacia la costa, en el primer olor a mar y en la certeza de que, un año más, el Atlántico sigue esperándome.
Algunos lugares se visitan. Otros, sin hacer ruido, acaban por habitarnos. Para mí, ese lugar es San Vicente do Mar, en O Grove. No sé exactamente cuándo ocurrió. Tal vez fue aquel primer amanecer respirando salitre entre los pinos. O una tarde cualquiera, caminando sin rumbo por el paseo de tablas mientras el océano rompía abajo con esa mezcla de violencia y ternura que solo él conoce. Quizá fue cuando entendí que hay paisajes capaces de enseñarnos otra manera de mirar el tiempo.
Vuelvo cada verano con la certeza de que ciertos lugares no se agotan nunca. Son eternos. Todo permanece y, sin embargo, nada es igual. Las calas siguen entre las rocas, diminutas, casi secretas, con ese agua transparente que parece guardar la memoria de todas las mareas. Los pinos continúan........
