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El costo de la hipocresía

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En los últimos días, Alfredo Cantú, conocido como “Un Tal Fredo”, pasó de ser el “hada madrina” de las novias mexicanas a protagonizar una serie de escándalos que desmoronan su capital moral. La reciente denuncia de una influencer rusa es apenas la cereza de un pastel podrido que comenzó a cocinarse el día de la boda del propio Fredo. 

La fastuosa celebración de Cantú en Cuatro Ciénegas, Coahuila, fue un despliegue de opulencia que contradice sus constantes consejos de ahorro y austeridad para sus seguidoras, y además dejó una cicatriz ambiental. La realización del evento en un área natural protegida desató una crisis sin precedentes cuando las autoridades federales determinaron la clausura del Río Mezquites y otros parajes emblemáticos. Aunque las dependencias ambientales intentaron matizar las causas del cierre, la realidad en el terreno fue innegable. Y es que la instalación de iluminación arquitectónica, el tránsito de vehículos pesados y la perturbación de ecosistemas frágiles para satisfacer la “estética” de un influencer, hipotecaron el sustento de las familias locales que viven del turismo sustentable.

Este evento dejó claro que Cantú no practica lo que predica. Mientras en su podcast explota el trauma de mujeres víctimas de abusos para ganar views, en su vida privada ignora las reglas básicas de respeto al entorno y a la economía de sus propios fans. La ostentación de haber gastado “lo de una jubilación” solo en la contratación de Carlos Rivera para su fiesta es un insulto para la audiencia a la que le pide “no caer en el consumismo”. La boda de Fredo fue el monumento a su propia soberbia, y el daño colateral en Cuatro Ciénegas es la prueba de que su prioridad es la foto de Instagram, no el bienestar de la comunidad ni del planeta.

En este contexto de decadencia ética, la reciente denuncia de la influencer rusa Vika funciona como el golpe final. La novia exhibió un servicio de wedding planner negligente, donde Cantú presuntamente cobró honorarios millonarios para luego abandonar la coordinación, delegar en personal inexperto y referirse de forma clasista a los proveedores locales. El “aliado” de las mujeres resultó ser un mercader que vende una fantasía de lujo que él mismo es incapaz de ejecutar con profesionalismo.

La caída de Un Tal Fredo no es el resultado de una disonancia insostenible entre el activismo de pantalla y la codicia de despacho. La justicia social también pasa por exigir coherencia a quienes pretenden liderar conversaciones morales. El cierre de sus comentarios en redes sociales es el acto final de un personaje que se sabe descubierto. Alfredo Cantú olvidó que, aunque se puede comprar una boda de ensueño y el silencio momentáneo de las autoridades, el respeto de una audiencia que se siente traicionada no tiene precio de retorno.


© El Heraldo de México