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Fronteras de clase

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Lea Ypi (Tirana, 1979) ha escrito un alegato radical contra el rumbo que desde hace tiempo ha tomado el debate sobre la inmigración. Específicamente, contra la fuerza que han cobrado dos lugares comunes. Uno es que los inmigrantes representan una amenaza económica: desplazan a la mano de obra local, deprimen los salarios o distraen presupuestos públicos (e.g., vivienda, salud, educación) que el Estado receptor podría dedicar a sus ciudadanos. El otro, que su extranjería encarna un peligro cultural: tienen costumbres diferentes, no se adaptan ni se asimilan, su presencia masiva menoscaba la cohesión nacional, etc. Para Ypi, esa manera de pensar el fenómeno soslaya dos aspectos fundamentales: la clase y el Estado.

            Fronteras de clase (Anagrama, 2025) parte del hecho, empíricamente verificable, de que las fronteras nacionales nunca están del todo abiertas ni del todo cerradas. Se organizan, más bien, según normas que las ablandan o las endurecen dependiendo de quién quiere cruzarlas. Quienes tienen dinero, credenciales educativas o alta capacidad de inversión suelen encontrar vías preferenciales para entrar, residir, trabajar o naturalizarse; quienes carecen de esos recursos enfrentan sospechas, esperas, tramitología y exámenes que juzgan su “idoneidad”. La distinción no es neutral; obedece a un sesgo que premia la riqueza y el privilegio, mientras castiga la pobreza y la vulnerabilidad. Así, las políticas migratorias del Estado capitalista establecen criterios de acceso a la ciudadanía basados, directa o implícitamente, en la clase social.  

            No es que los conflictos redistributivos o identitarios atribuidos a la inmigración sean imaginarios; es que casi siempre están descontextualizados. Se los desprende de la economía política que los produce: la mala asignación de bienes públicos, la débil representación política de los trabajadores, la competencia entre pobres –locales e inmigrantes– en un mercado estructurado por la escasez y la precariedad. Y se olvida, además, que los Estados le exigen a los de “afuera” requisitos que en muchos casos los de “adentro” quizá tampoco aprobarían. Esa exigencia descansa sobre la ficción de una sociedad receptora homogénea, estable y unida por una cultura común, cuando en realidad también está cruzada por múltiples disparidades, disidencias y disputas. Sin ese contexto, la inmigración aparece como culpable de injusticias y ansiedades cuyas verdaderas causas están en otro sitio.

            Para Ypi, los extravíos del debate sobre la inmigración están erosionando la promesa emancipatoria de la ciudadanía. Lo que alguna vez fue un ideal de inclusión y solidaridad se está degradando en un mecanismo de exclusión social que reproduce desigualdades y discrimina mediante pruebas de “mérito” que recuerdan antiguas barreras censitarias, más propias de un orden oligárquico que democrático.

POR CARLOS BRAVO REGIDOR


© El Heraldo de México