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Veleta: “La poesía me contiene como al tiburón el agua”

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26.06.2026

Sus padres lo nombraron Jorge Luis Mederos, pero al tiempo fue rebautizado por las circunstancias como Veleta. Y así lo llaman todos. Pero, más importante aún, Veleta es el nombre con que se asume a sí mismo.

Cuatro décadas intermitentes de trabajo literario le han valido para hacerse un espacio en la poesía cubana. Lugar merecido, por demás, pero que él valora con modesta reticencia. De un tiempo a esta parte, las redes sociales han ampliado muchísimo el alcance de su trabajo. Su muro de Facebook es una suerte de bitácora existencial y literaria. Poema que escribe, poema que va a dar allí. Y sus lectores los reciben y debaten con creciente entusiasmo.

La poesía de Veleta carece de afeites y elucubraciones. Es directa, como él. Y honda y sentida, también como él. Aquí lo presento para quienes no lo conozcan; y los que quieran calar la dimensión de su palabra brava, pueden ir al final de estas líneas, donde publicamos un puñado de versos que generosamente nos ha facilitado. Lo otro, su pedigree y opiniones sobre lo divino y lo humano, él se encarga de narrarlo a viva voz. 

Falta decir que tiene a Julio Antonio y a David, sus hijos, como su obra mayor. 

¿Cómo fue tu primer encuentro con la poesía?

No sabría decirte cuándo comencé a consumir poesía. Debe haber sido en los primeros días de la escuela primaria, la poesía de Martí. En casa nunca escuché hablar de poesía. Teníamos un familiar decimista, famoso en Santa Clara, que cantaba en la radio: Evelio Roano, ya fallecido; se le respetaba mucho. 

Si me preguntas por la primera vez que escribí un poema, tampoco podría fijar el momento exacto. Sí me recuerdo, a los doce años, en la Escuela Vocacional, ya escribiendo; posiblemente para enamorar muchachitas, como hacen todos a esa edad, sin intereses artísticos, una conducta más bien imitativa. 

No obstante, el primer poema con marcada intención literaria surgió cuando me fui a estudiar al Instituto Pedagógico Enrique José Varona, en La Habana. Fue una despedida a mi barrio de campo, con toda la retórica de aquel tiempo: “Voy a ser siempre hijo de este barrio con más calles de fango que de asfalto…” Un poema de gratitud.

Si aceptamos que la poesía antecede a la literatura y que es eso, inefable, en contadas ocasiones va a dar a los poemas, ¿cuál sería el hecho de mayor trascendencia poética de tu vida?

Es algo sobre lo que no he pensado. Otros aseguran un hecho inicial: cuando nacieron mis hijos, cuando me dieron tal título, o me gradué de tal carrera… En mi caso sucedió como todas las cosas muy buenas, malas y regulares que de alguna manera se mezclan en la poesía, que es como la vida misma también.

Soy alcohólico, tuve que desintoxicarme, por lo que pasé diez o doce años sin escribir, trabajando en mi casa como zapatero, entre otras cosas. Ya había publicado par de libros: El tonto de la chaqueta negra y Otro nombre del mar. 

Un día vino un amigo a decirme que habían inaugurado una casa de cultura en un barrio lejano. Me preguntó si quería trabajar allí. Decidí ir a apoyar, aunque fuera para romper el aislamiento voluntario, después de pasar diez años sin beber. 

En cierta ocasión llegó al trabajo un especialista de la Editorial Capiro. Fue a dar una conferencia. Me dijo: “Veleta, si tienes algún libro por ahí, te lo público”. Y tenía un poemario muy emparentado con la teoría, que comparto con Borges, de que el tigre es un animal que se fabrica con sangre de cordero degollado, y ningún escritor escribe por sí mismo, ni de sí mismo, si no que se monta sobre los cadáveres de otros escritores que le antecedieron. De eso trata en esencia. 

Se lo di, y lo publicaron. Muchos amigos se alegraron de verme de nuevo. Algunos pensaron que estaba liquidado —yo también. Da la casualidad de que ese año el libro quedó como el más leído de un escritor villaclareño. Un premio que se llama “Ser en el tiempo”. 

Fue una alegría tremenda, me sentí vivo, incorporado a la vida de nuevo, una resurrección donde la autoestima y la confianza volvieron a visitarme. Me hizo mucho bien. Una de las pocas veces que he llorado. Me sentí muy arriba, con mucha emoción. 

Después he tenido otros reconocimientos; al final, vanidades todas a las que no hago caso, pero a aquel premio sí, porque tuvo que ver mucho más con lo íntimo, con con lo profundo. Sí, fue ese el momento de mayor trascendencia poética de mi vida: haber ganado el premio “Ser en el tiempo” con mi libro De otros. 

El currículo que me has facilitado es sumamente escueto. Háblanos de tu formación, algo así como “los trabajos y los días” iniciales.

Me considero autodidacta. Fui a estudiar a La Habana una carrera que nada tiene que ver con la literatura: Logopedia, Licenciatura en Enseñanza Especial. La abandoné en el segundo año, regresé, y después de pasar un par de meses en un hospital de día, porque vine absolutamente loco, tuve que empezar a trabajar en la construcción.

Ya escribía, sin intenciones de nada. Me encontré con un rotulista que trabajaba en la agrupación, una persona muy culta, y a la que agradezco muchísimo: Pablo Rafael Garí, El Pible que vemos a cada rato por el canal 41 de Miami. Leyó mis “cosas”, nos hicimos amigo y me dijo: coño, compadre, esto está bastante bien. Me llevó a un taller literario. Ahí empecé a foguearme con los talleristas, nos prestábamos libros, nos retroalimentábamos con lo que íbamos creando.

A pesar de la formación que uno va adquiriendo en la lectura, montándose con la guagua andando, como hemos tenido que hacer casi todos, el mayor estímulo para el crecimiento es el que recibimos de los propios compañeros. Al ser mi generación tan amplia, con tan buenos exponentes, pues venía la primera limpia de la obra de parte de esa gente.

Había entonces muchos festivales nacionales de poesía, excelente oportunidad de frecuentar a otros poetas de diferentes provincias. Conocí a los grupos de Cabaiguán, de Santiago de Cuba, poetas de Pinar del río, Matanzas; a la gente de la Habana ya la conocía. Fue bonito aquel transcurso. 

Por ese camino me fui haciendo. Luego escogía mis propias lecturas, no habría podido vivir sin ellas. Si algo le debo a mi formación, mi estatus de poeta —si alguno tengo—, no es tanto a lo que he adquirido artísticamente, que es muy poco también, si no a lo que he vivido.  Mi vida ha sido muy rica, he dado muchos tumbos. Recorrí el país entero trabajando. 

He pasado mucho trabajo, cosa que me ha enriquecido, me ha dado un arsenal inmenso. El poeta sin “la vida” no funciona. Esa ha sido mi principal formación. Agradezco mucho a Dios —o a quien sea— mi vida, la única que........

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