menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

Gólgota: “Los artistas somos pequeñas personas con sueños muy grandes que mostramos a todos”

27 0
10.04.2026

Además de artista en activo, Gólgota ha sido profesor de historia de la fotografía, profesor de diseño, pintura e historia del arte, profesor de pintura del natural y, en los últimos tiempos, además, profesor de lengua española en Italia, país donde vive desde hace varios años.

Según José Luis Fariñas, artista y escritor, Gólgota “…ha configurado su microcosmos como una caja de resonancias que al fracturarse en disímiles cristales de inquietante neorrealismo nos acerca a las fracturas que construyen nuestra contemporaneidad. Sus series de imágenes en progresión apocalíptica se desgranan desde las dedicadas a la música y el ballet hasta la desgarrada claridad de sus retratos de adolescentes, y dejan expuesta, como las entrañas de las bestias en canal de Rembrandt, la contradictoria calidad de las esperanzas y desasosiegos de una espiritualidad perdida en los tiempos de esta oscura paz de entreguerras donde nos encontramos, como si tuviéramos que transformarnos en arqueólogos del alma para volver a extraer de la más lejana turba innombrable las raicillas apenas vivas de un milagro que cada día pareciera estar más lejos.” 

Lo había perdido del radar, por eso, al calor de una conversación con amigos sobre arte cubano contemporáneo, decidí rastrearlo en las redes hasta que dí con él, en la geográficamente lejana isla de Cerdeña. 

Ahí les van nuestro diálogo y unas cuantas imágenes de su trabajo reciente. 

Naciste como Agustín Calviño Insua. ¿Dónde, cuándo? ¿Alguien en tu entorno influyó en el desarrollo de tu vocación artística?

Nací como Gólgota, solo que aún no lo sabía. Y si no lo sabía yo, imagina mis padres, dos jóvenes médicos recién graduados que se empeñaron en poner, a aquel recién llegado, un nombre tradicional a tenor con las costumbres de la Cuba de 1970.

Llegué por un pueblito al norte de Las Villas, San Juan de los Remedios, una pequeña ciudad tan sui géneris como nobles sus habitantes, llenos de sueños y de leyendas, y tanto, que crecí con el alma colmada de todos los sueños posibles. Aupado por mi abuelo Pedro (abuelo materno, La Habana), señor de la magia en mi infancia; y por mi abuelo Agustín (abuelo paterno, Remedios), señor del trabajo con las manos y la curiosidad;  y también por mis abuelas Rosa y Blanca, dos seres llenos de amor y de ternuras que aun conservo en su nombre.

Ninguno artista; y a la vez, todos: Rosa y Blanca, costureras de prestigio. Rosa, incluso, profesora de corte y costura; Agustín, carpintero ebanista… Pedro era un expolicía devenido abogado en 1959. No influyeron sobre mí, incluso creo que ni siquiera vivieron mi vida de pintor.

¿Cuándo y en cuáles circunstancias surge Gólgota? ¿Tomas el nombre arameo de la colina donde se presume ocurrió la crucifixión de Cristo, o del cuadro sobre el tema de Giambattista Tiepolo, creado aproximadamente en 1730? ¿Has apreciado el original de esa obra? ¿Tienes una relación peculiar con ella?

Gólgota lo asumí en una noche de octubre de 1987. Ni siquiera imaginaba ser pintor. Tenía 17 años, y en aquel momento pensaba en cómo escapar del servicio militar obligatorio. Había estudiado durante un año en una escuela militar y sabía bien que el ejército no era lo mío; y obligado, menos. 

Mi madre estaba en Etiopía, y una amiga suya, que era coronel del ejército, le había prometido que me transferiría a su escolta en Adís Abeba, pero gracias a la sinceridad del oficial reclutador que me explicó que casi seguro sería enviado al frente en Angola, decidí decir no. 

Soy uno de los pocos que demuestran que a aquella guerra se asistía voluntario. ¿Me presionaron? Sí. ¿Me trataron de amenazar? También. Pero siempre he sido muy cabezón. Si aquella coronel amiga de mi madre no tenía el poder de librarme de la guerra, pues ya lo haría yo. 

Me ayudó mi abuela Blanca, una hermosa mujer que hizo de todo para que no me llevaran. No sabíamos entonces que muchos no regresarían, que morirían para nada, por el simple capricho de alguien. 

Angola no era nuestra guerra y no teníamos nada que hacer allí. ¿Qué tenía yo que ver con eso? ¿Qué tenían que ver los jóvenes que murieron o regresaron mutilados con aquella aventura por la que no sentíamos nada?  Entonces nació Gólgota, primero como nombre de friki, rebeldía adolescente ante la generación que nos condenaba; después, como nombre para el arte y la vida.

El cuadro que mencionas no lo conocía. El nombre viene de un pasaje bíblico relacionado con el martirio de los cristianos. Es algo trágico.

Eres graduado del Instituto Pedagógico “Enrique José Varona” y de la academia San Alejandro. ¿Cómo describirías tu proceso de formación como artista? A la luz de los años, ¿cuáles serían las fortalezas y cuáles las debilidades de la enseñanza de las artes en Cuba, según tu experiencia?  

Hasta los 23 años jamás pensé en el arte como motivo de vida. Mi gran pasión desde muy joven fue el pensamiento del ser humano en el pasado. Primero, la grandísima curiosidad por el mundo antiguo; luego, el comportamiento, sus historias, luego ya el pensamiento, cómo pensábamos en la antigüedad; al final, el origen de las cosas que hoy conocemos, cómo fue que llegaron a ser como son hoy. 

Esa es la mejor forma de describir mi recorrido para llegar al arte. Tú me dirás: pero ese es el recorrido para llegar al conocimiento de la historia o la filosofía. Sí, solo que yo, en lugar de escribir algún libro, pintaba cuadros.

Las herramientas para el arte las obtuve poco a poco. Primero, en el Taller de Manero. Fui discípulo de aquel hombre-artista maravilloso al que conocí bastante poco, pero ese poco me alcanzó para entender que su intención era crearnos una moral ciudadana que se puede advertir en todos los que alguna vez estuvimos bajo su tutela.

Puedes reconocer a cualquiera que haya pertenecido al Taller por su ética, tal vez un poco más allá o más acá pero siempre habrá una ética particular en nosotros, los que salimos de aquel taller… Manero formaba ciudadanos racionales y éticamente comprometidos. Luego, Alberto Figueroa culminó su trabajo. Su amistad, seriedad e ironía complementaron en mí la obra de Manero. 

Después vino la etapa pinareña. Conocer a los pintores de San Cristóbal, vivir entre ellos.

Recuerdo un día en que estábamos todos juntos en una pintada en un hotelito del norte de la provincia. Parecíamos aquellos apóstoles que una vez siguieron a un carpintero, solo que nuestro carpintero era el arte sencillo, sin mayores pretensiones que lograr representar algo en un pedazo de tela. 

Allí conocí la amistad verdadera, esa que te brinda el hombre de campo. La volví a encontrar luego aquí en Cerdeña, con los hombres puros de la Barbagia. Por eso, a veces pienso que mi vida en Cuba fue de alguna manera un aprendizaje para mi vida en esta otra isla; porque voy de isla en isla. Es como un karma.

La Academia fue el final de toda esta etapa. Los Maestros aún eran de aquellos más interesados en que tú aprendieras que en demostrarte lo que ellos sabían. José Miguel Pérez, Lázaro Jarrosai, Eugenio Melón, Miguel Fagundes (Miguelón), Orestes Díaz. Si ya era artista cuando llegue a San Alejandro por mi formación en el taller de Manero y en el Colectivo Plástico de San Cristóbal, es en la Academia donde aprendo a pintar, es importante atender a esto: aprendo a pintar.

La gran estrella de mi aprendizaje fue Orestes. Fui uno de los muchachos escogidos por él para aprender secretos........

© OnCuba