El terremoto que todavía no termina
Primero fue un movimiento leve, un pequeño sacudón del sofá de la sala. Me paré tranquilo y caminé despacio hacia el cuarto. Mi esposa se lavaba la cara en el lavamanos.
—¿Sentiste el temblor? —le pregunté, como si ya hubiera pasado.
De repente, el apartamento comenzó a moverse de un lado a otro, cada vez con mayor fuerza. Sentí que debíamos hacer lo que casi nunca hacemos, porque pocas veces sentimos temblores: salir del edificio.
Tenía las llaves de la puerta en el bolsillo de la pantaloneta porque acababa de sacar al perro al parque. Mi esposa, aún en pijama y descalza, tampoco lo dudó.
En cuestión de segundos vi que todo se movía y se caía: los libros de la biblioteca, la colección de videojuegos que he construido durante años, las paredes del hogar que con esfuerzo seguimos pagando y que comenzaron a agrietarse.
Escuché los azulejos del baño estrellándose contra el suelo y, en el pasillo de la portería,........
