Soliloquio electoral
Soy un hombre de profundas reflexiones e interiorizaciones sobre las cosas que considero trascendentes; unas veces tengo una conversación íntima, pausada y silente con mi ser supremo y en otras ocasiones, sencillamente escribo, que es una de mis predilectas manifestaciones con lo que experimento los más puros sentimientos de libertad. Hoy no lo haré sotto voce; así dejaré de lado lo que podría ser un soliloquio, que, por ser una alarma encendida en materia del divino sufragio, debe ser exteriorizado de mi entraña con voz fuerte, firme, determinada y patriótica. Un demócrata no puede ni debe callar estas cosas:
El pasado 8 de marzo en la jornada electoral, que como les conté en mi columna del 7 de marzo, serví con orgullo y compromiso como testigo electoral de las listas de ‘El Tigre’, al Congreso de la República, las de Salvación Nacional.
Desde que tengo cédula de ciudadanía y cumplo sin excepción, mi deber político, huelga decir, hace 30 años, lo hago en el Puesto de Votación Chicó Reservado del Distrito Capital. Ese lugar se integra por 39 mesas de votación. Como bien saben, es muy común que las personas que tengan su cédula inscrita desde hace tanto tiempo en un lugar de votación se conozcan, se encuentren y se estrechen la mano, hagan uno que otro comentario simpático sobre los destinos y designios del país y hasta compartan un café. Esta vez no fue la excepción: me encontré con bastantes personas, amigos, colegas, figuras públicas e incluso candidatos que ejercen su derecho en ese lugar de Bogotá. Dentro de los personajes con los que me encontré, tuve la fortuna de toparme con el doctor Carlos Gómez, que es un eminente jurista que ejerce como Delegado Permanente del Ministerio Público ante la Corte Suprema de Justicia. De nuevo y por quinta vez consecutiva estaba de jurado de votación un compañero mío del colegio; el bueno de Valencia, pobre hombre parece que fuera de la nómina de jurados de la........
