Cuando el cuerpo cambia
Con el tiempo he llegado a pensar que la libertad no comienza cuando el cuerpo deja de cambiar. Comienza cuando dejamos de pedirle que se parezca a quien fuimos y aceptamos la invitación de convertirnos en quienes todavía podemos ser.
Buscar la raíz de los miedos a la vejez me ha permitido hurgar en muchas historias. Las profundas, las superficiales, las que aparecen una y otra vez en la investigación gerontológica y, por supuesto, las que todos llevamos silenciosamente dentro.
Sin embargo, cuanto más avanzaba en esa búsqueda, más evidente se hacía una paradoja: casi nunca le tenemos miedo a aquello que creemos temer.
El cuerpo es, probablemente, el primer territorio donde ese miedo encuentra un lenguaje. Ha estado con nosotros desde el comienzo, respirando antes incluso de que aprendiéramos a pronunciar nuestro nombre. Gracias a él hemos amado, trabajado, bailado, cargado a nuestros hijos, atravesado pérdidas, abrazado a quienes ya no están y contemplado algunos de los momentos más felices de nuestra existencia.
Y, sin embargo, basta que empiece a cambiar para que dejemos de vivir dentro de él y comencemos a observarlo desde afuera, como si de pronto se hubiera convertido en un objeto que debe responder por el paso del tiempo.
Ese cambio rara vez ocurre de manera espectacular. Se instala con la discreción de las cosas importantes. Aparece cuando una fotografía permanece guardada en el teléfono porque ya no estamos seguros de querer mostrarla. Cuando buscamos una luz distinta frente al espejo. Cuando se apaga........
