Hay silencios que invitan a callar… pero no callan
Hace unos días, durante un vuelo, escuché a una niña de unos ocho años —Tania— hacía preguntas. Eran preguntas simples, preguntas que nacían de lo que observaba.
—Papá, ¿de dónde pagaste boletos Premium?
Tania, curiosa, observaba el paisaje. De pronto dijo con asombro: “¡Mamá, mira, el bosque es inmenso!”.
Entonces comenzó a interesarse por lo que intuitivamente pensaba que otros podrían necesitar.
—Abuelo, ¿quieres tu agua? El abuelo le sonrió… pero no hubo un sí, ni un no.
—Papá, ¿quieres tu sándwich?
De pronto lanzó otra pregunta: “¿Qué es esto?” Otra vez, no hubo respuesta.
Tania, sin embargo, no dejaba de preguntar. Seguía intentando. Seguía buscando.
Unos minutos antes de bajar me acerqué y le dije: “No es bosque, es selva”.
No entendió la diferencia. La entenderá después en la escuela, en la vida.
Le mostré el botón que había llamado su atención, minutos antes: “es el aire acondicionado”, le dije.
Entonces la curiosidad se encendió en ella. Comenzó a cerrar y abrir el botón, a explorar.
Verla en ese instante me permitió entender cómo la vida se expande cuando encuentra respuestas.
Sus adultos… permanecieron en silencio.
Tania me recordó mi infancia. Y también esos momentos donde mis preguntas no han encontrado respuesta.
Mi esposo fue testigo de la escena.
—¿Viste cómo se nace? —le dije.
—Sí —respondió. ¿Viste que tenían un niño con síndrome de Down?
En ese instante algo se abrió en mi interior. Unos nos enfocamos aquí, otros allá.
Ese niño me recordó a mis muchos hermanos, a esa infancia donde la atención se dividía, donde mirar a uno… a veces implicaba dejar de ver a otro.
Fue un momento revelador, lleno de respuestas.
No sólo necesita atención quien la pide de forma evidente, también quien parece estar bien, quien espera, quien atiende.
Porque a veces llega el momento en que dejar de pedir se vuelve una forma de estar en el mundo.
La vida nos enseña que a veces quien más necesita es quien dejó de pedir.
Y también que ser tan mirado, puede doler
Porque la ausencia de respuestas hiere, sí, pero el exceso también pesa.
Hay quienes crecieron bajo una mirada constante, intensa, expectante, casi invasiva.
Y entonces aparece una paradoja: buscan incansablemente el reflector, pero cuando alguien realmente los mira, entonces se asfixian.
Lo vemos claramente en algunos artistas; sin embargo, esta experiencia no está sólo en los escenarios.
Unos vamos aprendiendo a pedir, otros a recibir y, sin darnos cuenta, lo seguimos repitiendo.
Unos sosteniendo el silencio, otros escapando del ruido de ser vistos.
Hasta que un día –en un avión, en una pausa, en una escena cualquiera—, algo se revela.
Lo que vemos en esa foto, no es lo que faltó. Sino lo que aprendimos a hacer con eso.
Y entonces la pregunta es: ¿Qué haces con lo que no fue respondido? ¿Desde dónde aprendiste a dejar de pedir? ¿Desde dónde aprendiste a esconderte cuando alguien realmente te mira? ¿Y qué haces cuando alguien, por fin, te ve?
Escúchate, obsérvate, abrázate. La fuente está en ti.
MAESTRA EN PSICOLOGÍA CLÍNICA INTEGRATIVA
