El partido que nunca hace campaña
En Colombia hay un partido político que nunca presenta candidato, no organiza convenciones, no pauta publicidad y jamás aparece en los tarjetones. Aun así, elección tras elección, suele obtener la votación más alta del país. Se llama abstención.
Mientras se gastan millones en convencer a indecisos y consolidar bases, el abstencionismo crece en silencio. No necesita manifestaciones ni discursos. Su mensaje es sencillo y demoledor: “Nada cambia”.
La explicación es la apatía. Se dice que el ciudadano no vota porque no le interesa la política. Pero esa tesis, repetida hasta el cansancio, es útil para todos los actores del sistema. Si el problema es desinterés, la responsabilidad recae en el ciudadano. Si el problema es desconfianza, la responsabilidad cambia de lugar.
En los últimos años, Colombia ha votado siguiendo sus emociones, que le asisten. Se votó por seguridad, se votó por cambio, se votó contra el establecimiento, se votó contra el miedo. Desde el liderazgo fuerte que encarnó Álvaro Uribe Vélez hasta la promesa transformadora que representó Gustavo Petro, el país ha oscilado entre la esperanza y la rabia. Pero, en paralelo, millones han optado por no participar en esa montaña rusa.
No votar también es una decisión política. Puede ser equivocada, puede ser resignada, pero rara vez es inocente. Es el síntoma de una fractura más profunda: la distancia entre la promesa electoral y la experiencia cotidiana de los colombianos.
La realidad es que la abstención no debilita necesariamente al sistema. Al contrario, lo hace más dependiente de maquinarias disciplinadas y de votantes altamente movilizados, donde el tamal o el dinero son su combustible. Cuando participa menos gente, el voto organizado pesa más. La política se vuelve asunto de los convencidos y de los estructurados.
Después de cada elección, el ganador habla de “mandato claro” y “voluntad popular”. Formalmente es cierto. Democráticamente es válido. Pero, políticamente, la pregunta persiste: ¿qué tan robusto es un mandato cuando una parte sustancial del país decidió no pronunciarse?
Quizás el debate no debería centrarse solo en quién ganará la próxima elección, sino en por qué tantos sienten que el resultado no altera su destino. Mientras esa pregunta no se enfrente con honestidad, el partido que nunca hace campaña seguirá siendo el más fuerte de Colombia. No olvidemos que votar es un deber, pero también es un derecho. Quien no lo hace pierde el derecho a la crítica. Vamos todos a cumplir con nuestro deber para no limitar nuestros derechos.
