El eclipse solar que nos hizo gritar de emoción
Mi primer recuerdo de lo que supone un eclipse solar data de 1984, año en que se produjo un eclipse parcial visible desde España. Recuerdo verlo desde la ventana de la casa de mis padres armado de unas cuantas radiografías y otros tantos carretes velados. Se llevarán las manos a la cabeza, pero en aquella época no conocíamos qué era eso de las normas ISO ni existían las gafas homologadas para ver eclipses.
Años más tarde presencié el último del siglo XX, el eclipse total de 1999, que cruzaba parte de Europa. En esa ocasión, teniendo ya muy clara mi vocación de astrofísico, viajé a Francia con un grupo de aficionados de la Asociación Vallisoletana de Astronomía, mi ciudad natal.
Pude ver la parcialidad justo antes de la totalidad, pero unos minutos antes de que la Luna cubriera totalmente el Sol, se nubló. Pese a ello, el espectáculo y las sensaciones fueron estremecedoras: la luz solar, detrás de las nubes, bajó dramáticamente de intensidad en unas décimas de segundo, como si alguien hubiera apagado súbitamente una lámpara. La gente gritaba, se abrazaba emocionada y daba saltos de alegría. Hasta yo mismo, buen conocedor de lo que iba a ver, sucumbí ante la irresistible atmósfera de vivir un eclipse total,........
