El idioma que Dios no escribió
El 26 de junio del año 2000, el presidente Bill Clinton anunció al mundo que la ciencia había terminado el primer borrador del genoma humano. “Hoy”, dijo, “estamos aprendiendo el idioma con el que Dios creó la vida”. A su lado, dos de los científicos más prominentes del planeta asentían. Nadie lo corrigió.
Se equivocaba. Y no en la parte que usted está pensando.
El problema no era invocar a Dios. El problema era la palabra idioma. Llevábamos un siglo convencidos de que el ADN era un texto: un manual de instrucciones, un plano de construcción, un código que solo había que descifrar. 25 años y miles de genomas después, esa metáfora no nos acercó a entender la vida. En cierto sentido, nos alejó.
Conviene empezar por un fracaso concreto. Durante décadas buscamos, con presupuestos colosales y titulares de portada, el gen de la violencia. También el de la fama, el de la infidelidad, incluso el del “pecado”. Ninguno apareció. No porque no hayamos buscado bien, sino porque no existen, del mismo modo en que no existe un ladrillo responsable del partido que se juega en el estadio.
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